- China pone en marcha en Shanghái el primer centro de datos submarino comercial del mundo, alimentado casi por completo con energía eólica marina.
- El proyecto Lingang Subsea Data Center combina módulos sumergidos, refrigeración con agua de mar y un diseño de alta eficiencia con PUE por debajo de 1,15.
- La instalación libera suelo urbano, elimina el consumo de agua dulce y se plantea escalar desde 2,3 MW hasta 24 MW vinculados a parques eólicos offshore.
- Esta arquitectura abre la puerta a modelos similares en Europa, donde la costa, la eólica marina y las exigentes normas climáticas podrían impulsar centros de datos verdes.
La carrera por la inteligencia artificial y el procesamiento masivo de información está poniendo contra las cuerdas a la infraestructura energética tradicional. El consumo eléctrico de los centros de datos no deja de crecer y, con él, la presión sobre la red, el agua dulce y los objetivos climáticos. Mientras Europa debate cómo encajar más servidores en un sistema eléctrico ya tensionado, China ha decidido mover ficha con una solución poco habitual: llevar los centros de datos al fondo del mar y enchufarlos directamente al viento.
En las aguas frente a Shanghái ya funciona el primer centro de datos submarino comercial del mundo, un proyecto que no se queda en el prototipo y que apunta a escala industrial. La instalación Lingang Subsea Data Center combina energía eólica marina, refrigeración con agua de mar y módulos sumergidos en el lecho marino para recortar consumo, ganar eficiencia y liberar suelo en una de las urbes más densamente pobladas del planeta. La jugada lanza un mensaje claro a Europa: hay margen para replantear dónde y cómo se alojan los datos.
Qué es el Lingang Subsea Data Center y por qué importa
El proyecto se ubica a unos 10 kilómetros de la costa de Shanghái, en el fondo del mar de China Oriental, dentro del Área Especial de Lingang, en la Zona Piloto de Libre Comercio de la ciudad. Allí, un gran cilindro de acero alberga servidores de alto rendimiento encapsulados en módulos estancos, conectados mediante cables submarinos a parques eólicos offshore cercanos y a un centro de control situado en tierra.
La iniciativa está impulsada por Shanghai Hailan Cloud Technology (HiCloud) y construida por CCCC Third Harbor Engineering, con el apoyo de empresas energéticas y de telecomunicaciones chinas. No se trata de una simple prueba de laboratorio: desde su puesta en marcha procesa cargas reales vinculadas a inteligencia artificial, comercio electrónico y logística digital, como si fuera cualquier otro centro de datos comercial, pero con la peculiaridad de que todo ocurre bajo el agua.
El Lingang Subsea Data Center se ha concebido en varias fases. La primera, ya en servicio, alcanza una capacidad instalada de 2,3 megavatios (MW), todavía modesta si se compara con grandes centros terrestres de entre 50 y 500 MW. El plan es ir escalando hasta los 24 MW mediante la instalación progresiva de nuevos módulos sumergidos alimentados por más potencia eólica, con una inversión global en torno a los 1.600 millones de yuanes, unos 200 millones de euros al cambio aproximado.
En el interior de estas cabinas sumergidas se concentran clústeres de servidores equivalentes a decenas de miles de ordenadores de alto rendimiento, preparados para dar soporte a aplicaciones de IA generativa o servicios en la nube. Las cámaras están presurizadas y llenas de gases inertes para minimizar el riesgo de corrosión y de incendio, uno de los puntos críticos en cualquier infraestructura situada en un entorno marino tan agresivo como el costeño.
Energía eólica marina y refrigeración oceánica: un binomio que Europa observa de cerca
La principal seña de identidad del proyecto es su modelo energético. Más del 95% de la electricidad procede de aerogeneradores offshore situados frente a la costa de Shanghái, conectados a los módulos mediante dos cables submarinos de 35 kV. De esta forma, la instalación no depende de la red terrestre convencional para su operación diaria, sino que actúa casi como una prolongación de los propios parques eólicos, aprovechando la energía eólica marina disponible.
Este esquema encaja con una de las obsesiones de las grandes economías, incluida la Unión Europea: dar salida al excedente de energía renovable. La generación eólica no siempre coincide con los picos de demanda y, sin sistemas de almacenamiento o consumidores flexibles, parte de esa energía acabará desaprovechada. Al operar como una carga constante y predecible, el centro de datos submarino absorbe buena parte de la producción disponible, reduciendo el desperdicio y estabilizando el modelo de negocio de la eólica marina.
En paralelo, la refrigeración se apoya en el propio océano. El agua de mar se utiliza como disipador de calor continuo y gratuito, sin necesidad de grandes sistemas de aire acondicionado ni torres de refrigeración como las que se ven en los centros de datos tradicionales. El calor generado por los servidores se transfiere al agua circulante mediante radiadores situados detrás de los racks, y el intercambio térmico se produce de forma pasiva gracias a la diferencia de temperatura con el entorno.
Este enfoque permite suprimir el consumo de agua dulce, un factor cada vez más sensible en Europa, donde varios estados miembros han empezado a revisar el impacto hídrico de la infraestructura digital. Mientras muchos centros en tierra evaporan millones de litros de agua potable al año en sus sistemas de refrigeración, la instalación china recurre al océano sin detraer recursos de abastecimiento humano o agrícola.
El resultado se traduce directamente en la métrica estándar del sector, el PUE (Power Usage Effectiveness), que mide la relación entre la energía total consumida por un centro de datos y la que realmente utilizan los equipos de cómputo. Mientras que un centro convencional en Europa suele moverse en valores en torno a 1,5 o ligeramente superiores, Lingang se ha diseñado para operar por debajo de 1,15, lo que implica un ahorro energético global cercano al 22-23% frente a instalaciones terrestres bien optimizadas.
Diseño modular bajo el mar y retos de ingeniería
La arquitectura del centro de datos se basa en una serie de módulos submarinos modulares que pueden desplegarse y ampliarse por fases. Cada contenedor estanco actúa como una unidad independiente, con sus propios racks, sistemas de alimentación, monitorización y refrigeración, lo que facilita su replicación y hace más flexible el crecimiento de la capacidad según lo vaya pidiendo la demanda.
Desde el punto de vista constructivo, la operación más delicada fue la colocación de las cabinas en el lecho marino. La estructura de soporte se ancla sobre pilotes de acero y la tolerancia de desviación era mínima: se habla de separaciones de apenas unos 18 centímetros entre patas y soportes, y un margen máximo de 10 centímetros durante el izado. Para conseguir esta precisión se recurrió a posicionamiento GPS de alta exactitud y a un buque grúa especializado capaz de operar en mar abierto.
Una vez sumergidos, los módulos quedan aislados del aire y el agua de mar mediante recubrimientos específicos y atmósfera controlada. El uso de gases inertes en el interior hace posible reducir la oxidación de componentes eléctricos, y los sistemas están diseñados para minimizar el impacto del oleaje y las corrientes. Pese a ello, la corrosión marina a largo plazo sigue siendo uno de los interrogantes que la industria deberá responder con datos de operación real, especialmente de cara a ciclos de vida de 10 a 20 años.
Aunque en Europa ya se barajan soluciones de refrigeración líquida directa al chip y centros de datos adosados a infraestructuras industriales, el enfoque de China añade una capa extra: desplazar físicamente la infraestructura crítica al mar. Eso abre debates sobre mantenimiento submarino y costes asociados. Cualquier intervención que no pueda resolverse de forma remota obliga a usar vehículos operados por control remoto (ROVs) o equipos de buceo técnico, lo que alarga los tiempos y eleva la factura de cualquier reparación o actualización.
Por ahora, HiCloud no ha hecho públicos detalles finos sobre los protocolos de servicio, ciclos de renovación de hardware o costes de operación a largo plazo. La actual fase de 2,3 MW funciona casi como una demostración avanzada, mientras que el salto a 24 MW será la verdadera prueba de fuego para comprobar hasta qué punto la economía de estas infraestructuras es competitiva frente a los grandes centros en tierra que se están construyendo en países como Irlanda, los Países Bajos o España.
De Hainan a Lingang: antecedentes y comparación internacional
El proyecto de Shanghái no surge de la nada. HiCloud ya había probado la idea de los centros de datos sumergidos frente a la isla de Hainan, en el sur de China, donde desplegó un prototipo entre 2021 y 2024. Aquel ensayo permitió validar aspectos clave como el comportamiento de la refrigeración, la fiabilidad de los equipos bajo presión y la integración con , pero se quedó en escala piloto.
La referencia internacional más conocida es el Proyecto Natick de Microsoft, que entre 2018 y 2020 hundió un contenedor lleno de servidores frente a las costas de Escocia. Allí se observó que la tasa de fallos de hardware era sensiblemente menor que en centros convencionales, con solo unas pocas unidades averiadas sobre cientos de servidores durante todo el periodo de prueba. Natick también logró un PUE muy bajo, en torno a 1,07, lo que confirmó que el mar podía ser un aliado potente para la eficiencia.
La gran diferencia está en el desenlace. Mientras que Microsoft decidió no continuar con la línea comercial de centros submarinos y archivó la idea como una investigación tecnológica, el proyecto de Lingang ha dado el salto a infraestructura comercial estable, integrándose en el ecosistema digital chino y procesando cargas productivas desde el primer momento. Donde Natick demostró viabilidad técnica, China pretende demostrar viabilidad económica y escalabilidad.
La operación cuenta además con respaldo institucional de alto nivel. El Lingang Subsea Data Center figura en la Lista de Proyectos de Demostración de Tecnología Verde y Baja en Carbono de la Comisión Nacional de Desarrollo y Reforma (NDRC) de China, el órgano que marca las grandes líneas de política económica del país. Esa inclusión le otorga un sello de prioridad estratégica similar al que, en la Unión Europea, tendrían las grandes iniciativas ligadas al Pacto Verde o al despliegue de renovables.
En octubre de 2025, un consorcio que agrupa a HiCloud, empresas energéticas como Shenergy Group, operadores como China Telecom Shanghái y compañías de ingeniería selló un acuerdo de cooperación para vincular esta tecnología a hasta 500 MW de potencia eólica offshore en el futuro. Aunque no hay fechas ni localizaciones concretas para esa expansión, la cifra da una idea del potencial que China atribuye a este modelo, tanto para su soberanía digital como para su hoja de ruta climática.
Impacto potencial para España y Europa
Aunque el centro de datos submarino de China está lejos geográficamente, su planteamiento toca de lleno debates que ya se están produciendo en España y el resto de Europa. El viejo continente ve cómo crecen las necesidades de cómputo para IA, nube y servicios digitales, al tiempo que se endurecen las normativas de emisiones y se vigila con lupa el uso de suelo, agua y energía.
La costa europea, desde el Atlántico hasta el mar del Norte y el Báltico, acumula algunos de los mejores recursos de viento marino del mundo. Países como España, Francia, Reino Unido, Dinamarca, Alemania o los Países Bajos están impulsando parques eólicos offshore, en algunos casos flotantes, que podrían en el futuro dar pie a instalaciones híbridas donde generación renovable y centros de datos convivan de manera similar a lo visto en Lingang.
En España, el despliegue de eólica marina flotante previsto para las próximas décadas en zonas como la costa gallega, canaria o mediterránea podría ser un caldo de cultivo interesante para proyectos de alto consumo eléctrico que busquen anclarse a renovables. A día de hoy, sin embargo, no hay centros de datos submarinos en marcha ni planes oficiales anunciados, y las inversiones siguen enfocándose en grandes campus terrestres cercanos a nodos de fibra y subestaciones.
Además, la regulación europea es exigente en materia ambiental y de planificación marítima. Cualquier movimiento hacia centros de datos en el mar tendría que lidiar con evaluaciones de impacto, compatibilidad con la pesca, el transporte marítimo y la protección de ecosistemas delicados. No es un camino inmediato, pero la experiencia china ofrece un caso de estudio valioso para entender qué problemas pueden aparecer y qué soluciones técnicas resultan viables.
Donde sí puede haber un efecto más rápido es en el diseño de centros de datos terrestres: el uso masivo de energía renovable directa, la búsqueda de PUE cercanos a 1,1 o el cuestionamiento del consumo de agua dulce empiezan a convertirse en requisitos casi imprescindibles para nuevas instalaciones en el mercado europeo. A medida que modelos como Lingang muestren que es posible operar con altos niveles de eficiencia y baja huella hídrica, aumentará la presión para que los centros en España y la UE se acerquen a esos estándares, aunque sigan situados en tierra.
También se abre la puerta a colaboraciones entre operadores de centros de datos europeos y promotores de eólica marina que busquen contratos de suministro estables a largo plazo, quizá con infraestructuras semi-sumergidas o costeras que recojan algunas de las lecciones de la experiencia china sin necesidad de sumergirlo todo a decenas de metros de profundidad.
Lo que se está probando frente a Shanghái es algo más que una curiosidad tecnológica: es un laboratorio real de cómo casar computación intensiva y renovables marinas a gran escala. Si el modelo funciona en costes y fiabilidad, no sería extraño que en unos años surjan adaptaciones pensadas para el marco normativo y las particularidades del mercado europeo.
El movimiento de China con el centro de datos submarino de Lingang pone sobre la mesa un enfoque distinto para afrontar el auge de la IA y del almacenamiento digital: acercar el cómputo a los grandes recursos renovables, aprovechar el entorno marino como disipador natural de calor, liberar suelo en zonas urbanas saturadas y reducir la carga sobre la red y el agua dulce. Para países como España y sus socios europeos, el proyecto actúa como un espejo incómodo pero útil: muestra que existen alternativas más ambiciosas a seguir ampliando sin más los centros de datos convencionales, y que la próxima ola de infraestructuras podría pasar, literalmente, por mirar hacia el mar.

