- Los wearables generan un volumen creciente de RAEE; en España se desechan más de 20 millones de móviles al año y el reciclaje correcto ronda el 20%.
- La circularidad prioriza reducir, reutilizar y reciclar: ecodiseño, reparación, servitización, reciclaje y minería urbana para retener valor.
- El IoT y la moda integran trazabilidad, RFID y blockchain; persisten retos de interoperabilidad, ciberseguridad y derecho a reparar.
- La UE acelera con pasaporte de producto, USB‑C común, EPR y objetivos 2030; la compra pública y la industria cierran el círculo.

La electrónica se ha colado en nuestra vida diaria hasta el punto de que ya no salimos sin reloj inteligente, auriculares o pulsera de actividad, pero ese mismo éxito tiene una cara B: el crecimiento desbocado de los residuos electrónicos. En el ecosistema de los wearables, donde la actualización rápida es la norma y la estética manda, la economía circular no es solo un concepto bonito, es una hoja de ruta para frenar el impacto y aprovechar recursos.
En España, por ejemplo, se desechan cada año más de 20 millones de dispositivos móviles, lo que equivale a miles de toneladas de basura electrónica. Y en América Latina y el Caribe hay países que ya superan las 230.000 toneladas anuales de RAEE. La economía circular ofrece alternativas tangibles: desde el diseño modular y la reparación, hasta la reutilización, la remanufactura, el reciclaje y nuevos modelos de negocio de alquiler o suscripción.
Qué es y por qué importa en wearables y dispositivos digitales
Aplicada a la tecnología vestible y demás equipos electrónicos, la economía circular persigue alargar al máximo la vida útil de cada dispositivo, optimizando su fabricación y uso, y reduciendo al mínimo tanto la demanda de aparatos nuevos como los residuos generados. Se trata de pasar del «usar y tirar» a prevenir residuos y contaminación, mantener materiales en circulación y regenerar los sistemas naturales.
Este enfoque impulsa prácticas de eficiencia energética y energías renovables, disminuye la huella de carbono de la producción y promueve la biodiversidad al rebajar la presión sobre la extracción de recursos. También contempla la valorización energética de ciertas fracciones residuales y la generación de energía a partir de residuos orgánicos, con prudencia y criterios de impacto, para apoyar una transición más limpia.

La dimensión del residuo electrónico y el problema de la rotación
Los datos de operadores de reparación muestran una realidad tozuda: en 2022, alrededor del 70% de los móviles reparados estaban dentro de sus primeros 18 meses de vida útil. Sin embargo, a partir de ese punto, las reparaciones decaen porque muchos usuarios optan por cambiar de dispositivo incluso aunque el suyo siga en garantía (en España, desde 2022 la garantía legal se amplió a 36 meses). Este comportamiento responde a la llamada obsolescencia percibida: la sensación de que lo que tenemos ya no está a la última por la velocidad de la innovación y el marketing.
La situación se agrava porque en nuestro país solo se recicla correctamente en torno al 20% de los residuos electrónicos, muy por debajo de la media europea del 35%. El contexto de uso tampoco ayuda: a finales de 2022, el 90% de la población mundial disponía de smartphone, y en España esa cifra subía hasta el 96% de penetración. En paralelo, en Chile se calcula que cada persona genera unos 11,6 kg de RAEE al año, de los que apenas un 3,4% se trata adecuadamente, en gran parte por falta de puntos de recogida y programas de recuperación.
Principios y marcos: de las tres R a los modelos de valor
La regla de oro de la circularidad establece una jerarquía: reducir, reutilizar y reciclar. Reducir significa evitar el residuo desde el diseño y el uso, reparando antes de sustituir y rebajando embalajes. Reutilizar da una segunda vida al producto, a menudo tras su limpieza y puesta a punto, mediante mercados de segunda mano o programas de intercambio. Reciclar queda como última opción: recuperar materiales cuando el producto ya no puede cumplir su función.
No todas las prácticas puntuales son igual de circulares. Para orientarse, herramientas como la «Colina de Valor» permiten ver cómo el valor crece antes del uso, alcanza su pico durante la utilización y desciende en el post-uso, donde estrategias como la reparación, la renovación y la remanufactura ayudan a «subir de nuevo» el producto hacia esa meseta de valor máximo. Así se entiende mejor por qué diseñar para desmontar y para mantener es tan potente.
Otra guía útil es el lienzo de modelo de negocio en tres capas, que integra valor económico, ambiental y social. Este enfoque ayuda a empresas, administraciones y proyectos comunitarios a alinear creación, entrega y captura de valor con impactos medibles. Referentes internacionales han representado estos flujos circulares con esquemas que distinguen bien entre fin de un ciclo de uso (con posibilidad de reutilización) y final del último ciclo (reciclaje o vertedero), especialmente relevantes en TIC y wearables.
Materiales, extracción y cadena de suministro
La fase de pre-uso empieza con una decisión clave: emplear materiales primarios extraídos de la naturaleza o recurrir a materiales secundarios procedentes de la «minería urbana», es decir, del desensamblaje y tratamiento de RAEE. Esta mina urbana alberga metales valiosos cuya recuperación reduce dependencia exterior y evita impactos de la minería tradicional.
En origen conviven minería artesanal —a menudo informal y vulnerable a abusos— y minería industrial a gran escala. Además, ciertos «minerales en conflicto» (las 3T y el oro: tantalio, estaño, tungsteno y oro) se extraen en áreas comprometidas y pueden financiar violencia. De ahí los estándares y leyes de diligencia debida en compras, que exigen a importadores europeos verificar sus cadenas de suministro para no alimentar conflictos ni vulnerar derechos.
Los equipos eléctricos y electrónicos (EEE) abarcan desde smartphones a servidores y, como categoría, son un vector relevante de calentamiento global y de residuos. En su cadena participan fabricantes de equipos originales (OEM) y proveedores EMS que diseñan, producen y gestionan devoluciones. Para internalizar externalidades, la Responsabilidad Ampliada del Productor (EPR) desplaza el coste del fin de vida hacia quien pone el producto en el mercado, incentivando el ecodiseño.
El ecodiseño y la evaluación del ciclo de vida (LCA) son pilares para minimizar huellas desde la «cuna a la tumba», y a veces hasta impactos sociales y económicos. En Europa avanza el pasaporte digital de producto, que permitirá consultar información de sostenibilidad trazable y verificable, clave para consumidores, recicladores y administraciones.
El componente humano no puede obviarse: la circularidad debe fomentar trabajo digno con seguridad, ingresos justos e igualdad, evitando precariedad del trabajo informal en reparación o gestión de residuos. También las compras públicas pueden ser palanca: en 2018 representaron en torno al 12% del PIB global, un volumen con capacidad de exigir criterios ambientales y sociales sólidos.
Uso: prolongar la vida y cambiar cómo accedemos
En la fase de uso manda el valor de uso (la utilidad real para un propósito) más que el valor de cambio (el precio). Si un dispositivo nuevo es baratísimo, puede tentarnos a reemplazarlo antes de tiempo. Por eso es clave la extensión de vida del producto: reparar, actualizar componentes y revender para cubrir necesidades menos exigentes a menor coste ambiental y económico.
La reutilización puede ser convencional (misma función) o creativa (nuevos usos). El reacondicionamiento devuelve al equipo un funcionamiento satisfactorio sin grandes cambios, mientras que la remanufactura recupera prestaciones equivalentes o superiores a las de fábrica, con intervención y garantías del fabricante original.
Los modelos de servitización (pago por uso, alquiler o suscripción) están ganando terreno: el usuario paga por disponibilidad y rendimiento, y el proveedor se responsabiliza del mantenimiento, la actualización y la recuperación al final del servicio. Esto favorece la logística inversa (recogida, inspección, redistribución y remanufactura) y mantiene materiales en circulación controlada.
Incluso es posible gestionar «dispositivos como procomún», donde una comunidad comparte, dona y mantiene un conjunto de equipos con gobernanza colectiva. Además, la localidad en la preparación para la reutilización recorta emisiones de transporte, mantiene valor en la economía cercana y evita exportar impactos a regiones con menos regulación.
Post-uso: reciclaje, suprarreciclaje y límites
Cuando un dispositivo pierde su valor de uso, pasa a residuo. Parte de su materia se convierte en chatarra «nueva» (de fabricación, pura y fácil de reciclar) o «vieja» (postconsumo, mezclada y más compleja de tratar). El reciclaje recupera materiales para nuevos procesos; el suprarreciclaje crea objetos de mayor valor; y el infrarreciclaje rebaja calidad respecto al material original.
El valor de reciclaje puede ser positivo o negativo: si recuperar cuesta más de lo que vale el material, la operación no es viable sin apoyo económico. Aun así, reciclar metales críticos evita extraer más recursos. Por otro lado, los vertederos son una bomba ambiental, sobre todo con residuos electrónicos que contienen tóxicos y materiales persistentes.
Conviene ser rigurosos: no todo lo que se pinta de circular lo es. Por ejemplo, llamar «verde» a la incineración para energía requiere cautela, evaluación transparente y certificaciones de circularidad, porque puede no reducir impactos económicos y sociales de manera significativa. La circularidad genuina implica múltiples ciclos de regeneración, no atajos de un solo uso.
Wearables, IoT y moda: estado del arte y oportunidades
La etiqueta IoT engloba objetos conectados capaces de enviar y recibir datos. En moda y salud, los wearables vivieron un pico de expectativas a principios de la década de 2010 con gafas conectadas y relojes, algunos más exitosos que otros. A día de hoy, los relojes inteligentes y bandas de salud son los que mejor han consolidado mercado, mientras que otras aplicaciones topan con barreras de coste, utilidad real o estética.
Hay dispositivos icónicos como el Oura Ring, que monitoriza sueño y parámetros de salud y se ha visto en manos de personalidades públicas, o proyectos de textil inteligente: Nadi X (leggings que corrigen la postura mediante vibración), Heroskin (biométricos en prenda), Loomia (circuitería flexible integrada en tejidos) o iTbra (sujetador para detección temprana de signos de cáncer de mama). En paralelo, sensores, baterías, IA, analítica avanzada y redes 4G/5G han madurado mucho. Un buen ejemplo de la aplicación deportiva y de salud son los wearables deportivos inteligentes que integran IA para mejorar el rendimiento y la durabilidad.
El potencial económico del IoT sigue latente y concentrado en pocos casos de uso. Estimaciones recientes cifran para 2030 un valor de 5,5 a 12,6 billones (trillions anglosajones) sumando impacto directo e indirecto, con el 65% en B2B y casi la mitad en la fábrica, el lugar de trabajo y la salud. Obstáculos como la ciberseguridad, la instalación y la privacidad pueden frenar esa expansión si no se abordan en serio.
En retail y moda, el IoT mejora la trazabilidad y reduce lead times a lo largo de la cadena. Combinado con blockchain, permite el control unitario desde origen y aporta datos fiables a escala, aunque la interoperabilidad entre múltiples proveedores sigue siendo el gran reto. En tienda, RFID para inventario, sensores para daños en transporte o etiquetas para pago sin caja son ya cotidianos. La UE, además, empuja con el pasaporte de producto, que obligará a documentar atributos de sostenibilidad y circularidad.
Iniciativas industriales y diseño para durar
La industria comienza a cerrar el círculo con materias secundarias. Hay móviles cuyos metales provienen de antiguos electrodomésticos, cableado o equipos, aprovechando la ventaja química de los metales para múltiples ciclos de vida. También se trabaja en polímeros con segundas y terceras vidas, así como en procesos de fabricación más limpios y locales.
Otro frente es evitar que plásticos peligrosos acaben en el mar. Líneas de producto recientes han incorporado materiales reciclados procedentes de redes de pesca desechadas, con objetivos de evitar decenas de toneladas en el océano en un solo año. Este enfoque se acompaña de programas de recompra, reacondicionamiento y reciclaje que integran la circularidad a lo largo de la cadena.
Para que la circularidad mejore la experiencia de usuario, los fabricantes apuestan por durabilidad real, actualizaciones de software más largas, baterías reemplazables cuando es posible, y diseños modulares. Los consumidores valoran combinaciones como pantalla resistente, audio de calidad, cámaras con IA, reconocimiento de voz avanzado o chasis más robustos. Este tipo de atributos, cuando se respaldan con compromiso de soporte y reparabilidad, retrasan el reemplazo prematuro.
- Pantallas de gran formato con tecnologías eficientes (por ejemplo, 6,1″ con ahorro M+ LED).
- Cámaras con modos automáticos basados en IA y estabilización mejorada.
- Sonido envolvente optimizado en el cuerpo del dispositivo.
- Asistentes con IA para control por voz a distancia.
- Resistencia estructural y certificaciones de durabilidad.
Marco regulatorio y palancas públicas en la UE
La Unión Europea sitúa la circularidad tecnológica como prioridad: el Plan de Acción de Economía Circular de 2020 impulsa el «derecho a reparar», el refuerzo de la reutilizabilidad, un cargador común y sistemas de recompensa para el reciclaje de electrónicos. De hecho, el USB-C será el cargador común de la mayoría de dispositivos en la UE a finales de 2024, y los portátiles deberán adoptarlo antes del 28 de abril de 2026.
En 2023, la Comisión propuso medidas para favorecer la reparación dentro y fuera de garantía: durante la garantía legal, el vendedor deberá reparar salvo que sea más barato sustituir, y más allá de ese periodo se crearán derechos que faciliten y abaraten reparar. Además, se actualiza la directiva de RAEE para ajustarse a sentencias sobre obligaciones de productores (por ejemplo, en paneles fotovoltaicos) y se prevé una revisión de fondo para 2026.
El Parlamento Europeo pidió en 2021 medidas más ambiciosas para alcanzar una economía climáticamente neutra, sin tóxicos y plenamente circular para 2050, incluyendo objetivos vinculantes en 2030 de reducción de la huella material por uso y consumo. En paralelo, las normas limitan el uso de sustancias peligrosas (como el plomo) y exigen trazabilidad de minerales de zonas en conflicto para no alimentar violaciones de derechos.
Todo ello encaja con la EPR, la normalización técnica en TIC, y el impulso a la contratación pública verde, que puede exigir ecodiseño, pasaporte digital, reparabilidad y gestión de fin de vida verificada. Son palancas que, si se aplican juntas, mueven el mercado hacia dispositivos más reparables, modulares y duraderos.
El círculo se cierra cuando diseño, uso y post-uso se conectan con datos y reglas claras: menos extracción primaria, más reutilización local, reciclaje de calidad, empleo digno en toda la cadena, y decisiones informadas por el usuario y respaldadas por políticas. La economía circular aplicada a wearables y electrónica no es ciencia ficción ni mero marketing; es un camino práctico —con métricas, estándares y ejemplos reales— para que la tecnología que llevamos encima brille también por su sostenibilidad.
