- Un divulgador científico, Zach Armstrong (LabCoatz), afirma haber recreado una versión casi indistinguible de la Coca-Cola mediante ingeniería inversa.
- Más del 99% de la bebida serían azúcar, agua carbonatada, cafeína, ácido fosfórico y caramelo; el misterio se concentra en un 1% de aceites esenciales y compuestos aromáticos.
- El uso combinado de espectrometría de masas, cromatografía y catas a ciegas permitió identificar aceites cítricos, especias, taninos de vino y un sustituto del extracto de hoja de coca.
- Coca-Cola sigue protegiendo su receta como secreto industrial y no ha confirmado ni desmentido estos hallazgos, manteniendo la mística en torno a su famosa fórmula.
La fórmula secreta de la Coca-Cola lleva más de un siglo alimentando rumores, teorías y toda una aura de misterio en torno a la marca. Desde la famosa bóveda de Atlanta hasta la leyenda de que solo dos directivos conocen la receta completa, el relato oficial ha convertido un simple jarabe en casi una pieza de mitología moderna.
En las últimas semanas, esa leyenda se ha visto sacudida por las declaraciones de Zach Armstrong, químico y creador de contenido detrás del canal de YouTube LabCoatz. Tras más de un año de experimentos, análisis de laboratorio y pruebas de sabor, asegura haber logrado una réplica prácticamente indistinguible del refresco, desgranando qué hay realmente detrás de la famosa “fórmula secreta”.
Un año de ingeniería inversa para descifrar la fórmula

Armstrong no planteó su proyecto como una simple receta casera, sino como un caso de ingeniería inversa aplicada a un producto de consumo masivo. Frente a la opacidad histórica de la compañía, decidió tratar cada botella de Coca-Cola como una muestra de laboratorio: analizar, separar, medir y reconstruir.
Según explica en su vídeo de 25 minutos, el trabajo se prolongó durante más de un año de pruebas sistemáticas, en las que combinó catas a ciegas, hojas de cálculo comparando lotes y sucesivos ajustes en la mezcla. A lo largo del proceso, contó con la colaboración de otros divulgadores con acceso a equipo de laboratorio profesional, lo que le permitió ir más allá del típico experimento de cocina doméstica.
El punto de partida era conocido: por litro de refresco comercial se manejan cifras en torno a 110 gramos de azúcar, 96 miligramos de cafeína, 0,64 gramos de ácido fosfórico y colorante caramelo. Estos datos, ya divulgados en distintas fuentes y etiquetados nutricionales, no forman parte del misterio. Lo que Armstrong quería desentrañar era el resto: ese 1% de “sabores naturales” al que Coca-Cola suele aludir de forma genérica.
En sus declaraciones a distintos medios, el divulgador insiste en que, pese a la leyenda, la bebida es en realidad “más del 99% azúcar y agua carbonatada”, con una fracción muy reducida de compuestos aromáticos. El reto no estaba en la base dulce y ácida, sino en los matices que hacen reconocible al instante el sabor de la Coca-Cola frente a cualquier otra cola.
Para alcanzar ese nivel de detalle, el youtuber recurrió a un enfoque claramente científico, dejando a un lado especulaciones o listas filtradas en el pasado sobre el supuesto jarabe original de John Pemberton.
Espectrometría de masas, cromatografía y la “huella” química del refresco
El corazón de la investigación de LabCoatz fue el uso de espectrometría de masas, una técnica de análisis que permite descomponer una sustancia en un gas cargado y separar sus componentes moleculares en función de su masa y carga. En la práctica, Armstrong trabajó con configuraciones tipo GC-MS (cromatografía de gases acoplada a espectrometría de masas), habituales en el análisis de aromas y fragancias.
Esta combinación le permitió obtener una especie de “huella digital química” de la Coca-Cola comercial. Cada pico en el espectro se corresponde con un compuesto concreto, de manera que, al ir identificándolos, podía reconstruir la mezcla con ingredientes accesibles en el mercado: aceites esenciales, ácidos, disolventes alimentarios y aditivos autorizados.
Junto a la espectrometría, Armstrong menciona el uso de cromatografía como técnica complementaria para separar y cuantificar algunos componentes, y cita incluso el empleo de métodos de resonancia magnética nuclear en estudios previos sobre bebidas de cola que consultó durante su investigación. Su objetivo era que el perfil cromatográfico y espectral de su versión casera coincidiera al máximo con el del producto original.
El propio creador subraya que en el campo del aroma, la clave no está tanto en lo abundante como en lo potente: moléculas presentes en cantidades ínfimas pueden dominar el olor y el sabor percibidos. Por ello, ajustar concentraciones y tiempos de maceración se convirtió en una parte tan delicada como el propio análisis instrumental.
Paralelamente, fue registrando impresiones sensoriales mediante catas comparativas, tanto propias como de otras personas, para comprobar si los datos del laboratorio se traducían en una sensación en boca realmente parecida a la de la Coca-Cola embotellada.
El papel del 1%: aceites esenciales, cítricos y especias

Una vez fijada la base —agua carbonatada, azúcar, cafeína, ácido fosfórico y caramelo—, la atención se centró en el pequeño porcentaje de la fórmula responsable del aroma. Los análisis de LabCoatz apuntan a una mezcla compleja de aceites esenciales cítricos y especias, en línea con lo que se ha intuido históricamente sobre el llamado “Merchandise 7X”, el núcleo aromático del jarabe.
Entre los compuestos identificados aparecen derivados de limón, lima y naranja, asociados a moléculas como el limoneno y el alfa-terpineno, habituales en estos aceites. Junto a ellos, la espectrometría mostró la presencia de cinamaldehído (el principal componente aromático de la canela), y trazas relacionadas con la nuez moscada (sabineno, cedreno) y el cilantro.
Armstrong detalla en su vídeo una receta experimental que combina aceite de limón, aceite de lima, un toque de naranja, aceite de canela, nuez moscada y cilantro. A esta base añade un compuesto con carácter resinoso y fresco denominado fenchol, que contribuiría a esa sensación balsámica y ligeramente herbal que muchos asocian, aunque no lo sepan, con el sabor de la Coca-Cola.
En algunas versiones de su descripción, el investigador menciona también otros posibles matices aromáticos, como notas de neroli o eugenol (clavo), que coinciden con trabajos académicos previos sobre bebidas tipo cola. Ese abanico de compuestos en dosis muy bajas ayuda a explicar por qué pequeños desajustes arruinan el resultado y por qué tantas imitaciones comerciales no terminan de clavar el perfil de la bebida de Atlanta.
Para asegurarse de que no se trataba solo de una aproximación “a ojo”, comparó la respuesta de su jarabe en la espectrometría con la del refresco embotellado, ajustando una y otra vez hasta que los picos principales y buena parte de las trazas coincidieron de forma notable.
La gran traba: la hoja de coca y el enigma de los taninos
Más allá de los cítricos y las especias, uno de los aspectos más delicados del proyecto era reproducir el papel histórico de la hoja de coca descocainizada. Desde hace décadas, numerosos reportes apuntan a que Coca-Cola sigue utilizando extracto de hoja de coca sin alcaloides psicoactivos, obtenido a través de una empresa especializada con licencia en Estados Unidos.
La compañía implicada, Stepan Company, procesa hojas de coca para extraer la cocaína con fines farmacéuticos y suministra a Coca-Cola un extracto “decocainizado” destinado al uso alimentario. Ese producto no está disponible para el público general, y los intentos de LabCoatz de conseguirlo de forma directa o a través de proveedores dudosos terminaron, según relata, con los pedidos interceptados en la frontera.
Esta imposibilidad legal de trabajar con el mismo extracto obligó al investigador a buscar alternativas. Durante meses, su réplica quedaba muy cerca en términos químicos, pero faltaba un matiz fresco y seco que las catas detectaban de inmediato. La clave, sostiene, no estaba tanto en la coca en sí, como en ciertas propiedades sensoriales asociadas a sus componentes.
El giro llegó cuando Armstrong reparó en el papel de los taninos, compuestos presentes en muchas plantas y responsables de la sensación astringente del vino o el té. Estos taninos estarían presentes de forma natural en la hoja de coca y contribuirían a ese final seco y ligeramente amargo que distingue a la Coca-Cola de otras colas más dulces, como algunas versiones de la competencia.
Al tratarse de sustancias poco volátiles, los taninos no se detectan fácilmente en los análisis de gases usados en la espectrometría, lo que explicaría por qué se le escaparon durante buena parte del experimento. Cuando empezó a incorporar taninos de vino comerciales de grado alimentario, el perfil del refresco casero cambió de manera notable, tanto en la boca como en el espectro de masas.
Cómo se construye la “Lab-Cola”: proceso y mezcla de ingredientes
La receta que LabCoatz muestra en su vídeo se divide, a grandes rasgos, en dos bloques: por un lado, la fase aromática oleosa, y por otro, una solución acuosa donde se integran el resto de componentes. El conjunto, una vez ensamblado, se diluye en agua carbonatada para obtener la bebida final.
En la parte de aceites, Armstrong mezcla limón, lima, naranja, canela, nuez moscada, cilantro, árbol de té y fenchol en proporciones muy concretas. El aceite de árbol de té juega un papel especial como sustituto legal del perfil vegetal que en la formulación original estaría asociado a la hoja de coca, aportando una sensación fresca y ligeramente medicinal.
Tras combinar estos aceites, el divulgador recomienda dejar reposar la mezcla al menos 24 horas para que los compuestos se integren y estabilicen. Posteriormente, esa fase oleosa se diluye en alcohol de grado alimentario, lo que facilita su dispersión uniforme en el jarabe azucarado y mejora la conservación.
En paralelo, prepara una solución en agua donde se incorporan taninos de vino, colorante caramelo, vinagre (ácido acético), glicerina, cafeína, extracto de vainilla y ácido fosfórico. Cada uno cumple una función distinta: los taninos aportan astringencia, el caramelo refuerza color y notas tostadas, la glicerina influye en la sensación en boca y el vinagre suma un punto ácido adicional a la ya presente acidez fosfórica.
Una vez unidas la fase aromática y la solución acuosa, se obtiene un concentrado de sabor que después se diluye en agua carbonatada en una proporción lo bastante alta como para lograr un resultado, según Armstrong, “químicamente y sensorialmente casi idéntico” a la Coca-Cola del supermercado.
Catas a ciegas, coste por litro y limitaciones prácticas
Para poner a prueba su fórmula, LabCoatz organizó catas a ciegas con personas acostumbradas a consumir Coca-Cola. En los vídeos y resúmenes que circulan en redes y medios tecnológicos se observa cómo varios participantes son incapaces de distinguir con seguridad cuál es la bebida comercial y cuál la réplica casera.
Algunos de los catadores, según relata, daban puntuaciones cercanas al 9 o 9,5 sobre 10 en cuanto a similitud, e incluso hubo quien aseguró que compraría la versión recreada si la encontrase en un lineal de supermercado. Desde el punto de vista químico, los resultados de cromatografía y espectrometría también mostraban patrones extremadamente parecidos entre ambas muestras.
En cuanto a la viabilidad doméstica, Armstrong sostiene que, una vez superada la inversión inicial en material de laboratorio y aceites esenciales, el coste por litro es sorprendentemente bajo. El concentrado aromático que obtuvo sería suficiente, en sus cálculos, para generar miles de litros de refresco, con un coste marginal de apenas unos céntimos por botella.
Ahora bien, en la práctica el proyecto dista de ser un experimento al alcance de cualquiera en una cocina europea corriente. Hacen falta balanzas de precisión, micropipetas, vidriería resistente al ácido fosfórico y ciertas nociones de seguridad química para manipular concentrados y disolventes sin riesgos innecesarios.
El propio youtuber admite que el reto tiene tanto de curiosidad científica como de demostración de hasta qué punto un producto masivo se puede someter al escrutinio de la tecnología analítica actual, más que de propuesta realista para fabricarse la bebida en casa.
El secreto comercial frente a la ciencia: qué dice (y qué no dice) Coca-Cola
Mientras el vídeo de LabCoatz acumula millones de reproducciones en plataformas digitales y se multiplica en titulares en Europa y América, la compañía Coca-Cola ha optado por la estrategia que viene siguiendo desde hace décadas: no comentar la exactitud de las fórmulas publicadas por terceros. La empresa insiste en que su receta se protege como secreto industrial y no como patente, precisamente para evitar que deba hacerse pública.
Históricamente, la marca ha alimentado la narrativa del misterio con una mezcla de seguridad real y teatro de marketing. La fórmula se guarda, según la propia compañía, en una bóveda de alta seguridad en el World of Coca-Cola de Atlanta, a la que solo un número muy reducido de personas tiene acceso. Durante años se ha repetido que únicamente dos empleados conocen la receta completa al mismo tiempo.
Este enfoque ha permitido a Coca-Cola mantener una ventaja competitiva prolongada, pese a la existencia de rivales globales y de numerosas colas blancas en supermercados europeos. La combinación de secreto comercial, acuerdos de confidencialidad y logística fragmentada hace que, sobre el papel, nadie fuera de los círculos internos pueda reconstruir la receta solo con observar la cadena de suministro.
Desde el punto de vista jurídico, el trabajo de Armstrong no se basaría en filtraciones ni acceso indebido a documentación interna, sino en ingeniería inversa a partir de un producto disponible en el mercado. En la mayor parte de sistemas legales occidentales, incluido el europeo, ese tipo de análisis suele considerarse legítimo siempre que no se vulneren contratos de confidencialidad ni se comercialice una copia con marca inducida a confusión.
Coca-Cola, por su parte, ha sorteado durante años la posibilidad de patentar su fórmula precisamente porque una patente obligaría a describir con detalle su composición y proceso. El secreto, a diferencia de la patente, puede durar indefinidamente siempre que la empresa logre protegerlo de manera efectiva.
Mito, ciencia y límites de la «receta perfecta»
A la luz de todo lo expuesto, la pregunta que queda en el aire es hasta qué punto podemos afirmar que la fórmula secreta de la Coca-Cola ha sido “descifrada”. Armstrong defiende que su jarabe coincide con la bebida original tanto en estructura química como en sabor, basándose en sus análisis y en las catas a ciegas documentadas.
Sin embargo, especialistas en química de aromas recuerdan que, en productos tan complejos, pequeñas variaciones en el orden de mezcla, la calidad de las materias primas o el tratamiento térmico pueden modificar el resultado final sin que se aprecie fácilmente en una lista de ingredientes. La percepción sensorial no solo depende de qué moléculas hay, sino de cómo interactúan entre sí y con factores como la carbonatación o la temperatura de servicio.
Por otro lado, la historia de la Coca-Cola está llena de intentos previos de revelación, desde recortes de periódicos de finales de los años setenta hasta listados divulgados en 2011 que aseguraban reproducir el manuscrito original de Pemberton. Ninguno de ellos llegó a contar con una validación oficial, y la compañía ha preferido siempre mantener el silencio antes que entrar a debatir detalles técnicos.
En ese contexto, el trabajo de LabCoatz se sitúa como el intento más documentado hasta la fecha de aplicar herramientas modernas de análisis químico a la bebida, más que como un veredicto definitivo sobre la fórmula interna de la empresa. Demuestra que la tecnología actual permite acercarse muchísimo al perfil de un refresco legendario, pero no obliga a la multinacional a reconocer si el “secreto” ha sido realmente desvelado o solo imitado con gran precisión.
Así las cosas, la fórmula de la Coca-Cola sigue moviéndose entre dos mundos: por un lado, la realidad técnica de un producto cuyo esqueleto químico es bastante sencillo y replicable; por otro, el peso de una narrativa de misterio, bóvedas y confidencialidad que continúa resultando útil para la marca. El experimento de Zach Armstrong no parece haber roto ese equilibrio, pero sí ha acercado a muchos consumidores europeos y de todo el mundo a una idea incómoda para la leyenda: que quizá el mayor ingrediente de la famosa receta no sea otro que el azúcar… y una buena dosis de marketing.
