- El 69,8% de los seguidores de influencers cree que abusan de la publicidad encubierta, según la AIMC.
- Las polémicas de este verano, como las declaraciones de Carliyo 'El Nervio' o la actitud de Roro, han acelerado el debate.
- El marketing de influencia sigue creciendo, pero las marcas valoran cada vez más la credibilidad y la especialización frente al número de seguidores.
Este verano ha sido un auténtico hervidero para el mundo de las redes sociales. Entre el Mundial de fútbol, el eclipse solar y la Velada del Año, los grandes creadores de contenido no han dejado de protagonizar polémicas, y eso ha reavivado la conversación sobre la famosa caída de los influencers. No es un fenómeno nuevo: ya en mayo de 2025 se hablaba de crisis, y a principios de 2026 la pérdida de credibilidad era palpable. Pero ahora, con el boicot digital tomando fuerza, parece que la cosa va en serio.
Sin embargo, los datos invitan a matizar. Según la 28ª edición de Navegantes en la Red, elaborada por la AIMC, el 56,4% de los internautas españoles sigue a algún influencer, youtuber o streamer. O sea, la audiencia sigue ahí, pero su relación ha cambiado. El 69,8% de esos seguidores considera que los creadores hacen un uso o abuso de la publicidad encubierta, y el 61,9% cree que la mayoría de sus publicaciones son anuncios. La confianza, ese bien tan preciado, se está agotando.
Un verano de polémicas que han encendido la mecha
Las polémicas han sido el detonante. Carliyo ‘El Nervio’ se llevó una lluvia de críticas por acusar a los medios de usar el eclipse como cortina de humo, mientras él mismo se había ido a ver el Mundial dejando a su pareja embarazada. Roro, por su parte, salió escaldada de la Velada del Año por usar un casco que no cumplía las reglas y por descubrirse que muchos de sus ‘trabajos’ los hacían terceros. Y no podemos olvidar a Alpha Sniper y Marta Díaz, que presentaron a su hermana pequeña como si fuera un producto. La paciencia de la audiencia tiene un límite, y este verano lo ha demostrado.

La publicidad, el gran caballo de batalla
El hartazgo no es solo por las polémicas puntuales, sino por el modelo en sí. Lo que antes era compartir un estilo de vida ahora es un escaparate 24 horas. Las marcas han visto en los influencers el canal perfecto, y las cifras lo demuestran: en 2025 se invirtieron en España 158,4 millones de euros en influencer marketing, un 25,9% más que el año anterior, y la previsión para 2026 es que crezca otro 40%. Pero esa lluvia de millones tiene un precio: la saturación publicitaria ha provocado un efecto rebote. La gente está harta de que le vendan humo, y por eso han surgido movimientos como el ‘de-influencing’, que anima a no comprar lo que recomiendan los famosos.
La reflexión de Fabiana Sevillano, una de las influencers más reconocidas, ha dado la vuelta a las redes: “La caída no va a ser por una funa. Lo único que puede acabar con nosotros es un concepto nuevo”. Y no le falta razón. Las ‘funas’ y las cancelaciones generan más interacción que nunca, pero no acaban con el negocio. Lo que de verdad puede cambiarlo todo es que aparezca una alternativa que haga obsoleto al influencer tradicional. Mientras tanto, las marcas empiezan a fijarse en otros perfiles.
El influencer tradicional se transforma
Porque no todos van a caer. De hecho, el sector no está en decadencia, sino en plena mutación. Los datos de uso de redes lo dejan claro: el 87% de los internautas españoles las utiliza a diario, y TikTok ya ha superado a X en penetración, con un 41,3% de usuarios frente al 32,2%. La gente sigue consumiendo contenido, pero busca algo diferente. Los microinfluencers y los creadores especializados están ganando terreno, porque ofrecen cercanía y conocimiento, no solo una cara bonita. Las marcas ya no se fijan solo en el número de seguidores, sino en la interacción real y la confianza que genera cada perfil.
Además, la propia industria se está profesionalizando. Según el Estudio Influencer Economy de IAB Spain y Primetag, en 2025 se duplicó la tasa de contenidos correctamente identificados como publicidad. Eso indica que las reglas del juego están cambiando y que la transparencia se ha convertido en una exigencia. El público ya no se traga cualquier cosa, y los creadores que no se adapten lo tendrán crudo.

En definitiva, lo que estamos viendo no es el fin de los influencers, sino el fin de una manera concreta de entender la influencia. La acumulación de seguidores, la vida perfecta y las recomendaciones constantes ya no bastan. La credibilidad se ha convertido en el activo más valioso, y los que la pierdan, caerán. Los que sepan adaptarse, ofrecer contenido útil y mantener una relación honesta con su comunidad, seguirán ahí. El hechizo se ha roto, pero la magia aún puede reinventarse.
