Las niñas se ven forzadas a ocultar su identidad en los videojuegos para evitar el acoso online

Última actualización: junio 3, 2026
  • Las menores utilizan nombres neutros o avatares masculinos como escudo ante los insultos y la exclusión en partidas competitivas.
  • La socialización digital comienza prácticamente al nacer, alcanzando un punto de inflexión a los 8 años con la llegada del primer móvil.
  • Existe una marcada brecha de contenidos donde ellos consumen violencia y ellas se ven empujadas hacia la hipersexualización en redes.
  • La responsabilidad de la educación y vigilancia tecnológica en el hogar recae de forma desproporcionada sobre las madres.

Niña jugando a videojuegos con cascos

Se acabó eso de pensar que el mundo de los videojuegos es un refugio seguro y equitativo para todo el mundo. La realidad que se vive tras las pantallas de muchos hogares en España nos dice lo contrario, especialmente cuando ponemos el foco en las más pequeñas de la casa. Resulta que echar una partida online se ha convertido para muchas en una auténtica carrera de obstáculos donde el género determina si vas a pasar un buen rato o si vas a terminar recibiendo una sarta de improperios por el simple hecho de ser una chica.

Un exhaustivo análisis llevado a cabo por expertos de la Universidad de Deusto ha sacado a la luz datos que nos deberían hacer reflexionar bastante sobre la exclusión de las niñas en los entornos digitales. El proyecto Cyber-Resistance, que se ha metido de lleno en centros educativos tanto de Euskadi como de Canarias, demuestra que esta discriminación no es una simple percepción, sino una barrera real que las obliga a camuflarse para poder disfrutar de su ocio favorito sin que nadie las moleste.

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Estrategias de supervivencia en un entorno hostil

Grupo de menores usando tablets en clase

Para muchas chavalas, la solución más rápida para no ser el blanco de burlas o expulsiones arbitrarias en las partidas competitivas es tirar de ingenio y discreción. Muchas de ellas han confesado que prefieren utilizar nombres de usuario neutros o elegir personajes masculinos antes que mostrarse tal cual son en la red. Es una forma de invisibilizarse para poder jugar en paz, evitando así que sus compañeros varones las menosprecien sistemáticamente desde el mismo minuto en que se conectan al servidor.

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Este fenómeno de violencia simbólica no es algo aislado, ya que el estudio detecta que el machismo del mundo físico se replica, y a veces hasta se amplifica, en las comunidades virtuales. En estos espacios, los chicos suelen monopolizar los títulos de combate y deporte, asociando su identidad digital a valores como la fuerza o la agresividad. Mientras tanto, ellas quedan relegadas a un segundo plano o se ven empujadas hacia otras plataformas donde el foco es muy distinto y los riesgos de la tecnología son otros.

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Del carrito a la pantalla: el fenómeno de la cuna digital

Menores interactuando con tecnología digital

Lo que los investigadores han bautizado como la «cuna digital» es un proceso que arranca casi desde que los bebés llegan a casa. A los 5 o 6 años, los peques ya se manejan con una soltura pasmosa entre tablets y consolas, pero el verdadero cambio de juego llega entre los 8 y 9 años, cuando el teléfono móvil propio se convierte en el regalo estrella de muchas familias. A partir de ese momento, se abre la veda de las redes sociales, con TikTok a la cabeza, donde las niñas suelen quedar atrapadas en un bucle de contenidos sobre estética.

Esta exposición tan temprana a cánones de belleza muy rígidos fomenta una hipersexualización precoz que preocupa, y mucho, a los profesionales de la educación en nuestro país. Mientras los niños se sumergen en la competición pura y dura, ellas consumen tutoriales que las obligan a intentar encajar en moldes estéticos muy normativos y restrictivos. Además, el riesgo de encontronazos accidentales con contenidos violentos o pornográficos está ahí, debido a los peligros del móvil en niños a través de los propios dispositivos que los adultos les prestan para que se entretengan un rato.

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Dentro de las casas, la cosa tampoco está repartida de forma muy equitativa que digamos. El estudio recalca que la patata caliente de la educación digital recae en las madres, que son las que se encargan habitualmente de poner horarios, vigilar qué ven sus hijos y mediar cuando hay broncas en los chats grupales. Por contra, los padres suelen mantener una relación con la tecnología mucho más relajada, centrada casi exclusivamente en el entretenimiento compartido o en echar una mano si algo se rompe o no funciona.

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Por su parte, en los colegios el ambiente es de bastante agobio entre los docentes. El profesorado siente que le están pasando la pelota de problemas estructurales que les vienen grandes, como la crisis de salud mental de los alumnos o las adicciones a las pantallas que terminan estallando en el aula. Existe una sensación de soledad institucional importante, y por eso piden a gritos que las familias, los servicios sociales y el sistema de salud se pongan las pilas de forma conjunta para que internet deje de ser un nido de conflictos.

A pesar de este panorama que parece tan gris, hay un rayo de esperanza porque los menores de entre 5 y 13 años han demostrado ser muy críticos con su propio consumo tecnológico cuando se les da la oportunidad. Muchos chavales admiten sin tapujos que les gustaría pasar menos tiempo pegados al cristal de la pantalla y disfrutar más de jugar en el parque o de realizar actividades físicas con sus progenitores. La clave ahora está en aprovechar esa disposición para educar con empatía, logrando que el entorno online deje de ser un sitio excluyente para convertirse en un espacio donde las niñas puedan ser ellas mismas sin miedo a que las echen de la partida.

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