- Meta firma acuerdos a 20 años para comprar hasta 6,6 GW de energía nuclear en EE. UU. y asegurar el suministro para sus centros de datos de IA.
- La compañía combinará electricidad de reactores existentes de Vistra con nuevos proyectos de reactores modulares pequeños de Oklo y TerraPower.
- Los contratos buscan disponer de energía baja en carbono, estable y continua para soportar el auge de la inteligencia artificial hasta la década de 2030.
- El movimiento puede marcar el camino para otras tecnológicas y reactivar el papel de la energía nuclear en el ecosistema digital global.

La expansión de la inteligencia artificial ha puesto sobre la mesa un problema que hasta hace poco se comentaba más bien de puertas adentro: no hay suficientes fuentes de electricidad fiable para alimentar el crecimiento de los centros de datos. Meta, matriz de Facebook, Instagram y WhatsApp, ha decidido afrontar este cuello de botella energético con una jugada de gran calado: apoyarse de forma masiva en la energía nuclear.
En las últimas semanas, la compañía ha cerrado una serie de contratos a largo plazo con operadores de centrales tradicionales y con startups especializadas en reactores modulares. El objetivo es claro: amarrar varios gigavatios de capacidad nuclear durante al menos dos décadas, garantizando un suministro continuo, de baja emisión de carbono y suficientemente predecible como para sostener sus ambiciones en IA, incluido el desarrollo de modelos avanzados y proyectos de superinteligencia.
Un cambio de etapa: de las renovables a la nuclear como base de la IA

Durante años, las grandes tecnológicas han presumido de alimentar sus operaciones con energía eólica y solar, apoyándose en grandes acuerdos de compra de renovables y compromisos climáticos ambiciosos. Ese modelo empieza a mostrar sus límites cuando se trata de centros de datos de IA que funcionan las 24 horas del día y no pueden depender de si hay sol o sopla el viento.
En este contexto, la energía nuclear ha vuelto al primer plano como fuente de carga base estable, con bajas emisiones y disponible de forma continua. Meta reconoce de facto que para escalar la IA a gran velocidad necesita algo más que parques fotovoltaicos y aerogeneradores: requiere una columna vertebral eléctrica que no falle, aunque luego pueda complementarla con renovables allí donde tenga sentido.
La consultora Grid Strategies estima que la demanda de electricidad en Estados Unidos puede crecer al menos un 30% hasta 2030, y que buena parte de ese aumento vendrá precisamente de los centros de datos. Este desajuste entre la rapidez con la que se levantan instalaciones digitales y el ritmo mucho más lento de construcción de nueva generación eléctrica ha llevado a compañías como Meta a asegurar la energía con años de antelación.
Frente a este escenario, la apuesta nuclear de Meta no es solo una decisión tecnológica, sino también una jugada estratégica de negocio: ligar el futuro de su infraestructura de IA a contratos energéticos de varias décadas, incluso a costa de asumir costes iniciales más elevados que los del gas natural o parte de las renovables.
Para el sector europeo y español, este movimiento lanza un mensaje directo: si se quiere atraer grandes centros de datos y proyectos de IA, ya no basta con hablar de fibra óptica y talento; la estabilidad del mix eléctrico, la capacidad de generación firme y el marco regulatorio de la nuclear y otras tecnologías despachables ganan protagonismo.
Acuerdo clave con Vistra: más de 2,5 GW de capacidad nuclear existente
El pilar más inmediato del plan de Meta pasa por un contrato de largo plazo con Vistra Corp., uno de los grandes operadores energéticos estadounidenses. A través de este acuerdo, Meta comprará electricidad de las centrales nucleares Davis-Besse y Perry, ambas en Ohio, además de aprovechar mejoras en otra instalación en Pensilvania.
En total, estas plantas aportarán más de 2,1 gigavatios de generación nuclear ya operativa, a los que se sumarán 433 megavatios adicionales derivados de inversiones para ampliar la capacidad tanto en las centrales de Ohio como en Beaver Valley (Pensilvania). Esa potencia fluye a través de la red gestionada por PJM Interconnection, una de las mayores interconexiones eléctricas del país, que atiende a más de 67 millones de personas en el Medio Oeste y el Atlántico Medio.
Los acuerdos tienen una duración de unos 20 años, algo poco habitual en otras industrias, pero cada vez más común en el cruce entre tecnología y energía. Con esta estructura, Meta persigue dos objetivos: garantizar suministro para sus centros de datos de IA en la región y contribuir a alargar la vida útil de centrales nucleares que, de otro modo, podrían enfrentar cierres anticipados.
El anuncio tuvo un impacto inmediato en los mercados. Las acciones de Vistra registraron subidas de doble dígito tras hacerse públicos los contratos, una señal de que los inversores perciben el compromiso de Meta como una fuente de ingresos a muy largo plazo y como un respaldo claro a la viabilidad económica de la nuclear existente.
Para el debate energético europeo, donde varias centrales afrontan decisiones sobre su continuidad, este tipo de acuerdos corporativos a largo plazo apuntan a un posible modelo: grandes consumidores digitales comprometiéndose con plantas nucleares para garantizar tanto el suministro como la rentabilidad de las instalaciones.
Oklo: la apuesta por los reactores modulares pequeños
Más allá de aprovechar reactores ya en funcionamiento, Meta ha decidido apoyar de forma decidida una nueva generación de tecnología nuclear: reactores modulares pequeños (SMR), concebidos para ser más compactos, flexibles y potencialmente más baratos gracias a la fabricación en serie.
La compañía ha firmado un acuerdo con la startup Oklo, respaldada por Sam Altman, para asegurar hasta 1,2 gigavatios de capacidad eléctrica procedente de los reactores que la empresa planea levantar en Ohio. Cada unidad de su diseño Aurora Powerhouse está pensada para producir unos 75 megavatios, por lo que serían necesarias más de una docena de unidades para cubrir el compromiso con Meta.
Según los planes actuales, el primer reactor de Oklo podría entrar en operación alrededor de 2030, sujeto a la aprobación regulatoria. Ningún SMR está aún en funcionamiento comercial en Estados Unidos, de modo que estos proyectos afrontan un escrutinio exigente por parte de la Nuclear Regulatory Commission y de otros organismos.
El acuerdo incluye un componente financiero relevante: Meta realizará un prepago destinado en gran parte a la adquisición de combustible y a las primeras fases de desarrollo. Esto ayuda a la startup a asegurar recursos para avanzar en ingeniería, permisos y construcción, a cambio de derechos preferentes sobre la energía generada.
Desde el punto de vista de costes, Oklo aspira a situar el precio de su electricidad en el entorno de 80 a 130 dólares por megavatio hora una vez que sus diseños se produzcan en serie. Son cifras todavía teóricas, y es probable que las primeras unidades resulten más caras, pero estos proyectos servirán de prueba para saber si la fabricación modular puede realmente bajar los costes de la energía nuclear en el medio plazo.
TerraPower y el almacenamiento térmico para reforzar la red
El tercer gran socio nuclear de Meta es TerraPower, empresa cofundada por Bill Gates, que trabaja en diseños avanzados de reactores refrigerados por sodio y con sistemas de almacenamiento térmico integrados. La idea es disponer no solo de electricidad nuclear firme, sino también de cierta capacidad de flexibilidad para responder a los picos de demanda.
Con TerraPower, Meta ha acordado apoyar el desarrollo de dos reactores con una capacidad conjunta de unos 690 megavatios, con entregas previstas a partir de 2032. Además, la tecnológica se reserva derechos sobre la energía procedente de hasta seis proyectos adicionales en el futuro, que podrían agregar alrededor de 2,1 gigavatios más.
El diseño de TerraPower combina un reactor capaz de generar unos 345 megavatios de forma continua con un sistema de almacenamiento térmico que permitiría inyectar entre 100 y 500 megavatios adicionales durante varias horas cuando la red lo demande. Este enfoque persigue que la nuclear no sea solo una fuente de base, sino que también pueda aportar cierta capacidad de ajuste.
La empresa, que colabora con GE Hitachi en su primer proyecto en Wyoming, ha avanzado de manera relativamente fluida en los procesos regulatorios, aunque todavía quedan años para ver estos reactores en servicio comercial. TerraPower calcula que, una vez desplegada su tecnología, podría ofrecer electricidad en el rango de 50 a 60 dólares por megavatio hora, niveles competitivos con algunas renovables y muy por debajo de los costes estimados de otras propuestas nucleares avanzadas.
Para Meta, esta alianza no solo aporta potencia adicional en la década de 2030, sino que diversifica la cesta de tecnologías con las que respaldar sus centros de datos de IA, repartiendo el riesgo entre reactores tradicionales, SMR y diseños avanzados con almacenamiento integrado.
Un paquete de 6,6 GW y un nuevo papel de la energía en la estrategia de Meta
Sumando los contratos con Vistra, los proyectos con Oklo y TerraPower y un acuerdo anterior con Constellation Energy para una planta en Illinois, Meta calcula que podría llegar a asegurar unos 6,6 gigavatios de energía nuclear para 2035. Es una cifra equivalente a la capacidad de más de seis centrales nucleares estándar y suficiente, según las estimaciones de la compañía, para abastecer a una ciudad de alrededor de 5 millones de hogares.
Joel Kaplan, responsable de asuntos globales de Meta, sostiene que estos pasos convertirán a la empresa en uno de los mayores compradores corporativos de energía nuclear de la historia de Estados Unidos. No se han hecho públicos los detalles financieros, pero analistas como Jefferies y Bloomberg Intelligence calculan que el coste medio que podría estar pagando Meta se sitúa por encima de 100 dólares por megavatio hora, muy por encima del gas o parte de las renovables.
Para la tecnológica, el sobrecoste se compensa con varios factores: garantía de suministro 24/7, estabilidad de precios del combustible nuclear frente a la volatilidad del gas, y contribución directa a sus objetivos de reducción de emisiones. En un momento en que algunas industrias relajan su discurso climático, grandes compañías digitales como Meta insisten en mantener la etiqueta de energía baja en carbono en el centro de sus decisiones.
En paralelo, la empresa sigue desarrollando otros proyectos energéticos, como Hyperion, un gigantesco campus de centros de datos en una zona rural de Luisiana que podría alcanzar 5 gigavatios de potencia y que, de momento, se apoyará principalmente en centrales de gas natural operadas por Entergy. Esto muestra que la estrategia de Meta no es nuclear «pura», sino una combinación pragmática de fuentes para no quedarse corta de electricidad.
El resultado es que la energía ha pasado a ser un componente tan estratégico como la propia infraestructura digital. A la vez que anuncia inversiones de cientos de miles de millones de dólares en centros de datos, chips y redes para IA hasta finales de la década, Meta se mueve para cerrar la otra pata: que haya electricidad suficiente y fiable para alimentarlo todo.
Impacto en la carrera global por la IA y señales para Europa
El movimiento de Meta se produce en plena carrera entre gigantes tecnológicos como Amazon, Alphabet y Microsoft, que también han firmado acuerdos para acceder a energía limpia de larga duración, incluida la nuclear, y Google también apuesta por la energía nuclear. Sin embargo, los compromisos de Meta en volumen y plazo han eclipsado parcialmente los anuncios de sus competidores.
A medida que se generalizan servicios basados en IA generativa y se multiplican los modelos cada vez más potentes, la infraestructura energética se convierte en un factor diferenciador entre regiones y economías. Países capaces de ofrecer grandes bloques de energía firme y baja en carbono pueden atraer inversiones masivas en centros de datos y capturar parte del valor añadido de la economía digital.
Para la Unión Europea y España, que debaten el papel de la energía nuclear en sus estrategias de descarbonización, estos acuerdos funcionan como un aviso: si la industria digital percibe que no habrá energía estable suficiente a precios razonables, es probable que los grandes proyectos de IA se concentren en zonas con una combinación más holgada de generación, interconexiones y marcos regulatorios favorables.
En el caso español, donde la red eléctrica es sólida y las renovables tienen un peso creciente, el dilema pasa por decidir si se quiere complementar ese despliegue con herramientas que aporten firmeza adicional —ya sea prolongando la vida de las centrales nucleares existentes, invirtiendo en nuevos ciclos combinados con captura de CO₂ o explorando, a futuro, tecnologías como los SMR o la fusión nuclear— para reforzar su atractivo como hub de centros de datos y servicios de IA para Europa.
Las cifras que manejan consultoras como McKinsey & Company sobre el potencial de la IA —entre 2,6 y 4,4 billones de dólares de impacto anual en la economía mundial— solo serán alcanzables si existe una base energética acorde con esa ambición. Lo que plantea Meta, con su cartera de contratos nucleares, es que el verdadero límite de la IA no está tanto en los algoritmos como en la capacidad de generar electricidad de forma sólida y fiable.
Costes, riesgos y debate público en torno a la nueva ola nuclear
La decisión de Meta también reabre el debate sobre costes, plazos y riesgos de la energía nuclear. Construir nueva capacidad convencional puede costar en torno a 13 dólares por vatio instalado, mientras que los diseños avanzados de reactores como los de Oklo o TerraPower podrían subir hasta 24 dólares por vatio, según estimaciones de BloombergNEF. En el extremo superior, desarrollar 6 gigavatios de nueva nuclear avanzada implicaría más de 120.000 millones de dólares de inversión en capital.
En términos de precio final de la electricidad, analistas consultados apuntan a que la energía nuclear que contrata Meta puede situarse entre 141 y 220 dólares por megavatio hora, frente a los 50-60 dólares típicos del gas, la eólica o la solar en determinados mercados. Aun así, la compañía está dispuesta a asumir esa factura porque prioriza la seguridad de suministro y la reducción de emisiones frente al coste mínimo a corto plazo.
Al mismo tiempo, persisten las dudas sobre si los reactores modulares pequeños podrán alcanzar economías de escala comparables a las de las actuales centrales de gran tamaño. Algunos analistas consideran que la producción en fábrica de módulos estandarizados permitirá abaratar costes con el tiempo; los críticos, en cambio, señalan que la complejidad regulatoria y los requisitos de seguridad podrían diluir parte de esas ventajas prometidas, y los temores por incidentes pasados como Chernóbil alimentan parte del debate público.
En el plano político y social, el giro de Meta y de otras grandes tecnológicas hacia la nuclear se interpreta como un cambio hacia un enfoque más pragmático de la transición energética, priorizando la estabilidad y la seguridad del suministro por encima de ciertos eslóganes. La discusión ya no se centra solo en cuántos megavatios de renovables se pueden instalar, sino en cómo garantizar que el sistema pueda sostener —sin apagones ni precios desbocados— la computación masiva que exige la IA.
Este debate, que ya está muy vivo en Estados Unidos, previsiblemente se intensificará en Europa a medida que crezcan los proyectos de nube y centros de datos y se compruebe si el sistema eléctrico es capaz de absorberlos sin tensiones. La experiencia de Meta puede servir como referencia, tanto para defensores como para detractores de la nuclear, sobre qué tipo de acuerdos y qué riesgos asumen las empresas que apuestan por esta vía.
Tomados en conjunto, los pasos de Meta hacia la energía nuclear muestran cómo el corazón de la economía digital se apoya cada vez más en decisiones de infraestructura pesada: reactores, líneas de alta tensión y contratos de suministro a 20 o 30 años. En la carrera por liderar la inteligencia artificial, asegurar suficiente energía limpia y constante se perfila como una condición imprescindible, y la nuclear vuelve a colocarse, para bien o para mal, en el centro de esa partida.