- Hedy Lamarr fue una gran estrella de Hollywood y, al mismo tiempo, una inventora brillante que contribuyó al desarrollo de las comunicaciones inalámbricas.
- Su sistema de espectro ensanchado por salto de frecuencia sentó las bases técnicas de tecnologías como el wifi, el Bluetooth o algunos sistemas de telefonía móvil.
- Su vida estuvo marcada por una huida de un matrimonio opresivo, una intensa carrera cinematográfica y el poco reconocimiento a sus logros científicos en su época.
- Con el tiempo, se le han otorgado premios, homenajes y distinciones que han consolidado su figura como pionera de la ingeniería y símbolo de mujeres en la ciencia.
La historia de Hedy Lamarr parece sacada de una superproducción de Hollywood: una mujer a la que se conoció como “la más bella del mundo” y que, lejos de conformarse con ser un icono del cine, ideó una tecnología clave para que hoy podamos usar wifi, Bluetooth y comunicaciones inalámbricas seguras. Su nombre real era Hedwig Eva Maria Kiesler y su vida fue un cóctel de talento, riesgo, inteligencia y mucha incomprensión.
Más allá de las alfombras rojas, Hedy fue una inventora obstinada, autodidacta y adelantada a su tiempo. Su aportación al llamado espectro ensanchado por salto de frecuencia pasó décadas en un segundo plano, oculta tras su imagen de diva. Con los años, su figura se ha reivindicado como la de una pionera de la tecnología moderna y un símbolo de cómo los prejuicios de género pueden llegar a tapar logros enormes.
Origen de Hedy Lamarr y su familia
Hedwig Eva Maria Kiesler nació el 9 de noviembre de 1914 en Viena, por entonces parte del Imperio austrohúngaro. Era hija única de un matrimonio judío secularizado y acomodado: su padre, Emil Kiesler, trabajaba como director del banco Creditanstalt, y su madre, Gertrud Kiesler, era una pianista de conciertos nacida en Budapest. Creció rodeada de cultura, idiomas y disciplina, en una atmósfera típica de la alta burguesía judía vienesa de la época.
Desde pequeña demostró una inteligencia fuera de lo común. Con apenas cuatro años ya recibía clases particulares, y antes de cumplir los once dominaba el piano, la danza y era capaz de expresarse con soltura en cuatro idiomas. En ese ambiente, no solo se cuidaba su educación artística, sino también su curiosidad intelectual y su interés por la ciencia y la técnica.
A los dieciséis años decidió orientar sus pasos hacia la interpretación y comenzó a estudiar artes escénicas en la escuela de Max Reinhardt, prestigioso director de teatro y cine de Berlín. Al mismo tiempo, en distintos momentos de su juventud, se interesó y se formó en ingeniería, algo muy poco habitual para una mujer de su época. Esa mezcla de tablas escénicas y mente analítica marcaría el resto de su vida.
Primeros papeles en Europa y el escándalo de «Éxtasis»
Muy pronto, Hedy dio el salto de los escenarios al cine europeo. En los primeros años 30 apareció en varias producciones, como “Geld auf der Straße” (Dinero en la calle, 1930), “Die Blumenfrau von Lindenau” (La mujer de Lindenau, 1931), “Die Koffer der Herrn O.F.” (Las maletas del señor O.F., 1931) o “Man braucht kein Geld” (No necesitamos dinero, 1932). Sin embargo, la película que la catapultó a la fama -y al escándalo- fue “Ekstase / Symphonie der Liebe” (“Éxtasis”, 1933), una coproducción checoslovaca.
En “Éxtasis” interpretó a una mujer infeliz en su matrimonio que vive una relación adúltera. La cinta se convirtió en un fenómeno mundial por varias razones: incluía escenas de desnudo frontal de Hedy y, sobre todo, mostraba su rostro durante un orgasmo simulado, algo absolutamente inédito en el cine comercial de la época. La película fue condenada por la Liga de la Decencia y criticada por el propio papa Pío XI, lo que no hizo sino alimentar su fama.
A la vez que se convertía en una figura controvertida, su talento interpretativo llamaba la atención de directores y productores. El propio Max Reinhardt la llegó a considerar “la mujer más hermosa de Europa”, algo que más tarde se explotaría hasta la saciedad en su etapa hollywoodiense, pero que también serviría para encasillarla en papeles donde primaba la belleza por encima de la complejidad de los personajes.
Un matrimonio opresivo con el magnate de armamento Friedrich Mandl
El impacto de “Éxtasis” no solo llegó a los espectadores y a la crítica, sino también a un poderoso empresario de la industria armamentística: Friedrich Alexander Maria Fritz Mandl, fabricante de municiones, aviones de combate y sistemas de control que suministraba armamento a los regímenes de Adolf Hitler y Benito Mussolini. Atraído por la joven actriz, negoció con los padres de Hedy un matrimonio concertado en 1933.
Hedy se vio así casada en contra de su voluntad con un hombre mayor, influyente y extremadamente celoso. Mandl intentó comprar y destruir todas las copias de “Éxtasis” para que nadie volviera a ver a su esposa desnuda en pantalla. Poco después de la boda, el 10 de agosto de 1933, su vida se transformó en lo que ella misma describiría años después como “una auténtica esclavitud”.
Mandl controlaba cada detalle de su día a día. La obligaba a acompañarle a cenas de negocios, reuniones con militares y políticos fascistas, viajes y negociaciones de venta de armas. Hedy, celosamente vigilada, tuvo que abandonar su incipiente carrera de actriz. Apenas podía salir de casa sin supervisión, y llegó a asegurar que solo se le permitía desnudarse o bañarse en presencia de su marido, siempre desconfiado.
Paradójicamente, ese encierro le permitió observar de cerca el funcionamiento de la industria armamentística. Aprovechando su inteligencia y capacidad de escucha, fue asimilando detalles técnicos de municiones, sistemas de guiado y comunicaciones militares que manejaban los proveedores y clientes de Mandl. Esos conocimientos, años después, serían una parte esencial de sus contribuciones tecnológicas durante la Segunda Guerra Mundial.
La fuga de Mandl y el renacer de Hedy en Hollywood
En 1937, agotada por el control férreo de Mandl, Hedy decidió escapar. Existen dos versiones principales de esa fuga. Según una de ellas, se deslizó por la ventana del baño de un restaurante y huyó en coche hacia París mientras los guardaespaldas de su marido la seguían de cerca. En su propia autobiografía, sin embargo, contó que administró un somnífero a su asistenta, se disfrazó con su ropa y salió de la casa como si fuera ella, lo que le permitió llegar a la estación de tren y viajar hasta París sin levantar sospechas.
En su etapa de encierro, además, habría mantenido una relación sentimental con su asistenta, quien la ayudó a preparar la huida. Sea cual sea la versión más fiel, lo cierto es que la actriz dejó atrás a Mandl, su «jaula dorada» y los círculos fascistas vinculados a su marido, con un riesgo personal nada pequeño en un contexto político cada vez más tenso en Europa.
Ya en París, Hedy empezó a moverse con más libertad y, poco después, viajó a Londres. Allí conoció a Louis B. Mayer, el poderoso jefe de la Metro-Goldwyn-Mayer (MGM). La primera oferta que Mayer le hizo fue de 125 dólares a la semana, cantidad que Hedy rechazó por considerarla insuficiente. No se quedó ahí: vendió sus joyas para pagarse un pasaje en el mismo trasatlántico, el Normandie, en el que Mayer regresaba a Estados Unidos, y aprovechó el viaje para convencerle de que la contratase en mejores condiciones.
Durante la travesía, logró impresionar tanto al productor que este terminó ofreciéndole un contrato de 500 dólares semanales y un acuerdo de siete años. Mayer insistió en que debía cambiar su nombre para desvincularse de la imagen escandalosa de “la dama de Éxtasis”. Así nació el nombre artístico “Hedy Lamarr”, en homenaje a la actriz del cine mudo Barbara La Marr, sugerencia de la propia esposa de Mayer. Cuando el barco atracó en Nueva York, Hedwig Kiesler había quedado atrás y Hedy Lamarr nació oficialmente como estrella de Hollywood.
La carrera cinematográfica: de Argel a Sansón y Dalila
En Hollywood, Mayer se encargó de promocionarla con una frase rotunda: “la mujer más bella del mundo”. Su debut en Estados Unidos llegó con “Algiers” (“Argel”, 1938), junto a Charles Boyer, que causó auténtico furor entre el público norteamericano. La película fue un éxito y reforzó la idea de convertirla en una nueva Greta Garbo o Marlene Dietrich, ambas grandes divas de la época.
Durante los años siguientes, Hedy apareció en numerosas producciones de la MGM y otros estudios. Participó en películas como “Hollywood Goes to Town” (1938), “Lady of the Tropics” (1939), “I Take This Woman” (1940), “Boom Town” (1940), “Camarada X” (1940), “Come Live With Me” (1941), “Ziegfeld Girl” (1941), “H.M. Pulham, Esq.” (Cenizas de amor, 1941), “Tortilla Flat” (La vida es así, 1942), “Crossroads” (1942), “White Cargo” (1942), “The Heavenly Body” (1944) o “The Conspirators” (1944), entre muchas otras.
En 1944 protagonizó “Experiment Perilous” (“Noche en el alma”), dirigida por Jacques Tourneur, y continuó enlazando títulos en los que se explotaba su imagen sofisticada y enigmática. En la segunda mitad de los 40 rodó “Her Highness and the Bellboy” (1945), “The Strange Woman” (La extraña mujer, 1946), “Dishonored Lady” (Pasión que redime, 1947) y “Let’s Live a Little” (Vivamos un poco, 1948). Aunque participó en unas treinta películas, no siempre tuvo buen ojo eligiendo proyectos y rechazó papeles clave, como los de “Gaslight” (“Luz que agoniza”) o “Casablanca”, que acabarían dando aún más fama a Ingrid Bergman.
Su mayor triunfo llegó en 1949 con “Sansón y Dalila”, de Cecil B. DeMille, donde interpretó a Dalila. La película fue un gran éxito comercial y consolidó su imagen de gran seductora del cine clásico. En los años 50 rodó títulos como “A Lady Without Passport” (1950), “Copper Canyon” (El desfiladero del cobre, 1950), “My Favorite Spy” (Mi espía favorita, 1951), “The Eternal Female” (inconclusa, 1954), “L’amante di Paride” (“La manzana de la discordia”/“Loves of Three Queens”, 1954), “The Story of Mankind” (La historia de la humanidad, 1957) y, finalmente, “The Female Animal” (1958), su último largometraje.
Por su trayectoria en el cine, Hedy recibió una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood en 1960, situada en el 6247 Hollywood Blvd, cerca de Vine Street. Aun así, su carrera fue perdiendo fuerza y, poco a poco, fue quedando relegada a un recuerdo de los años dorados del Hollywood clásico, mientras ella misma se alejaba de la vida pública.
Vida personal, matrimonios y familia
La vida sentimental de Hedy Lamarr fue tan intensa como su carrera en la gran pantalla. A lo largo de su vida se casó seis veces y tuvo tres hijos. Su primer marido fue, como ya se ha visto, Friedrich Mandl (con el que estuvo casada entre 1933 y 1937). Tras huir de él y rehacer su vida en Estados Unidos, contrajo matrimonio con el guionista y productor Gene Markey en 1939.
Durante su matrimonio con Markey, la pareja adoptó un niño, James Lamarr Markey, nacido el 9 de enero de 1939. Años después sería adoptado por el siguiente marido de Hedy y pasaría a llamarse James Lamarr Loder. Hedy y Markey vivieron en Benedict Canyon Drive, en Beverly Hills, pero la relación terminó en 1941. La propia actriz aseguraría durante décadas que James era un hijo adoptivo sin lazo biológico con ella.
Su tercer matrimonio fue con el actor John Loder, con quien se casó en 1943. Con él tuvo dos hijos biológicos: Denise, nacida el 19 de enero de 1945, y Anthony, nacido el 1 de febrero de 1947. Anthony aparecería años después en el documental “Calling Hedy Lamarr” (2004), rememorando la figura de su madre. El matrimonio con Loder terminó en 1947.
Más tarde se casó con Ernest “Ted” Stauffer (1951-1952), propietario de clubs nocturnos y exdirector de orquesta; con el magnate petrolero texano W. Howard Lee (1953-1960), que después se casaría con la actriz Gene Tierney; y, finalmente, con el abogado de divorcios Lewis J. Boies (1963-1965). Tras su sexto divorcio, Hedy Lamarr decidió no volver a casarse y vivió soltera los últimos 35 años de su vida.
La relación con su hijo mayor, James, fue especialmente complicada. Hedy sostuvo durante mucho tiempo que no era su hijo biológico, pero más adelante él encontró documentos que indicaban que habría sido concebido con John Loder antes del matrimonio. La relación entre ambos se rompió cuando James tenía unos 12 años y pasó a vivir con otra familia. No volvieron a hablarse en décadas, y cuando Hedy falleció, lo dejó fuera de su testamento, lo que desembocó en un litigio en el que James reclamó varios millones de dólares por el control del patrimonio.
Hedy Lamarr como inventora: el salto de frecuencia y la comunicación secreta
Mientras el público la conocía sobre todo por su cara y por sus papeles cinematográficos, Hedy cultivaba en paralelo su faceta de inventora. Autodidacta en gran medida, no tenía un título formal de ingeniería, pero llevaba toda la vida interesada por la técnica. Durante su matrimonio con Mandl había absorbido conocimiento sobre sistemas de armamento, y en la Segunda Guerra Mundial quiso ponerlo al servicio de los Aliados.
Consciente del peligro que representaba el nazismo -por su condición de judía y por lo que sabía a través de Mandl, cercano al fascismo-, Hedy ofreció al gobierno de Estados Unidos toda la información confidencial que había obtenido en reuniones y conversaciones con industriales y militares. También se dirigió al National Inventors Council con la intención de trabajar como ingeniera, pero su propuesta fue descartada: se la animó a que aprovechara su fama y su físico para vender bonos de guerra.
Hedy no se rindió. Participó en campañas oficiales y llegó a recaudar 7 millones de dólares en una sola noche vendiendo bonos, pero siguió desarrollando ideas técnicas por su cuenta. Sabía que uno de los grandes problemas era la vulnerabilidad de las comunicaciones por radio y las señales que guiaban torpedos o misiles: si el enemigo interceptaba o interfería la frecuencia, el arma podía desviarse o volverse inservible.
Junto con el compositor dadaísta George Antheil, experto en sincronización de instrumentos y pionola, ideó un sistema de comunicación secreta que modificaba continuamente la frecuencia de transmisión. La idea era que el emisor y el receptor “saltaran” juntos de frecuencia siguiendo una secuencia pseudoaleatoria, de forma que resultara prácticamente imposible que un tercero interceptara o bloqueara la señal completa.
El 10 de junio de 1941, Lamarr y Antheil presentaron una solicitud de patente para este “Secret communication system”. La patente fue concedida el 11 de agosto de 1942 con el número 2.292.387 y llevaba la firma “H. K. Markey et al.”: las iniciales de Hedwig Kiesler y el apellido de casada que utilizaba entonces, Markey. El sistema utilizaba un par de tambores perforados, inspirados en el funcionamiento de una pianola, para coordinar el salto entre 88 frecuencias (como las teclas de un piano), evitando así interferencias hostiles.
Del rechazo militar al fundamento del wifi y el Bluetooth
A pesar de la originalidad del invento, la Marina estadounidense no lo adoptó de inmediato. En los años 40, la implementación mecánica mediante tambores perforados se consideraba demasiado compleja y poco práctica. El sistema quedó, durante un tiempo, en un cajón, mientras Hedy continuaba con su carrera en el cine y la industria bélica seguía por otros derroteros más convencionales.
Aun así, el 1 de octubre de 1942, The New York Times publicó la primera mención pública a aquel sistema de comunicación secreta, lo que demuestra que, al menos sobre el papel, la idea llamó la atención. Sin embargo, la verdadera aplicación práctica tuvo que esperar hasta que la tecnología electrónica evolucionara lo suficiente como para sustituir los mecanismos físicos por circuitos más fiables y pequeños.
En 1957, la empresa Sylvania Electronics desarrolló una versión electrónica del sistema de salto de frecuencia y reconoció en su totalidad la patente Lamarr-Antheil. El primer uso conocido del método tuvo lugar durante la crisis de los misiles de Cuba de 1962, cuando se empleó para el control remoto de boyas rastreadoras marítimas. Después, la técnica se incorporó a diversos sistemas utilizados en la guerra de Vietnam y al programa de defensa por satélite estadounidense Milstar.
Con la llegada de la era digital, en la década de los 80, el espectro ensanchado y la conmutación de frecuencias se integraron en aplicaciones civiles. De esa evolución surgieron tecnologías que hoy damos por sentadas, como las redes wifi, el Bluetooth o partes de la telefonía móvil y el GPS. Aunque el salto de frecuencia tiene antecedentes y también desarrollos posteriores independientes, la patente de Lamarr y Antheil se reconoce como uno de los pasos fundamentales en ese camino.
Pese a todo, durante años Hedy no recibió el crédito que merecía. El hecho de que las patentes estuvieran registradas con su nombre de casada y no con su nombre artístico hizo que muchos no relacionasen a la glamourosa actriz con aquella idea revolucionaria. Solo con el tiempo se fue desvelando al gran público que la “mujer más bella del mundo” también había sido una pieza clave en la historia de la comunicación inalámbrica.
Otros inventos, colaboración con Howard Hughes y vida como «enfant terrible»
El sistema de comunicación secreta no fue la única incursión de Hedy en el mundo de la ingeniería. A lo largo de su vida concibió otros inventos, como un tipo de semáforo mejorado y una tableta efervescente que se disolvía en agua para producir una bebida carbonatada. Ella misma bromeaba diciendo que aquella bebida sabía a Alka-Seltzer, y el invento nunca llegó a tener éxito comercial.
Entre quienes conocían y respetaban su faceta técnica se encontraba el magnate de la aviación Howard Hughes. Durante el tiempo en el que mantuvieron una relación cercana, Hughes le dio acceso a su equipo de científicos e ingenieros, animándola a aportar ideas y “retoques” a sus proyectos. Hedy llegó a sugerir que los aviones abandonaran las formas demasiado cuadradas y adoptaran diseños más aerodinámicos, inspirados en las siluetas de las aves y los peces más rápidos. Sus propuestas formaban parte de una constante inquietud por mejorar las cosas, por cuestionar el statu quo.
En el contexto de la Segunda Guerra Mundial, Hedy se veía a sí misma como alguien que podía ayudar mucho más en un laboratorio de ingeniería que vendiendo su imagen en actos de propaganda. Cuando el National Inventors Council rechazó su ofrecimiento directo como ingeniera, se limitó a cumplir con la parte pública -recaudar fondos, participar en campañas-, pero sin renunciar a sus proyectos personales. Esa dualidad entre la diva de estudio y la inventora tenaz fue, en cierto modo, su gran conflicto interno.
Hedy se describía a menudo como una especie de “enfant terrible” atrapada en el cuerpo de una estrella de Hollywood. Su personalidad independiente chocaba con el ideal patriarcal de mujer decorativa que la industria del cine y buena parte de la sociedad le imponían. Cuando, ya al final de su vida, empezaron a llegar reconocimientos públicos por sus inventos, su reacción fue tan seca como reveladora: al recibir un prestigioso premio de ingeniería, comentó simplemente: “Ya era hora”.
Además de sus proyectos técnicos, en los años 50 diseñó con su entonces marido W. Howard Lee el complejo turístico Villa LaMarr en Aspen, Colorado. También se interesó por la escritura: en 1966 aparecieron sus memorias “Ecstasy and Me”, un libro que más tarde denunciaría como lleno de exageraciones y episodios inventados por su escritor fantasma, Leo Guild. Llegó a demandar al editor, y la obra fue objeto incluso de otra demanda por presunto plagio de un artículo anterior.
Declive, problemas legales y retirada de la vida pública
Con el paso del tiempo, y tras su último trabajo cinematográfico en 1958, la figura de Hedy Lamarr empezó a desdibujarse para el gran público. En los años 60 y 70 afrontó dificultades económicas, hasta el punto de ver embargada su casa de Beverly Hills. También se vio envuelta en varios episodios legales que contribuyeron a alimentar una imagen pública complicada.
En 1966 fue detenida en Los Ángeles por un supuesto hurto, aunque los cargos terminaron retirándose. En 1991 volvió a ser arrestada en Florida por un incidente similar, coincidiendo con un intento fallido de regresar a la pantalla. En esa ocasión, el proceso se resolvió sin condena después de que Hedy se comprometiera a no infringir la ley durante un año.
En 1974 demandó a Warner Bros. por diez millones de dólares al considerar que la parodia de su nombre en la comedia “Blazing Saddles” (“Sillas de montar calientes”) vulneraba su derecho a la privacidad. El conflicto acabó en un acuerdo extrajudicial por una suma nominal y una disculpa formal del estudio por “casi usar su nombre”. Poco a poco, Hedy se fue retirando de apariciones públicas y en 1981 se instaló definitivamente en Miami Beach.
En sus últimas décadas, el teléfono se convirtió en el canal casi exclusivo de contacto con el exterior. Hablaba durante horas con sus hijos y amigos, pero rara vez recibía visitas en persona. El documental “Calling Hedy Lamarr” (2004), de Georg Misch, refleja bien esa etapa, combinando conversaciones telefónicas entre familiares y conocidos con fragmentos de entrevistas antiguas, apariciones en televisión y escenas de sus películas.
Hedy falleció el 19 de enero del 2000 en Casselberry, Florida, a causa de una enfermedad cardíaca, con 85 años. Su hijo Anthony Loder cumplió su deseo de que parte de sus cenizas fueran esparcidas en los bosques de Viena, mientras que el resto se depositaron en una tumba honoraria en el Cementerio Central de la ciudad, donde en 2014 se erigió un monumento en su memoria.
Reconocimientos póstumos, herencia científica y memoria cultural
Con los años, y especialmente a partir de los 90, el mundo empezó a tomar conciencia de la dimensión científica de Hedy Lamarr. En 1997, ella y George Antheil fueron galardonados con el Premio Pioneer de la Electronic Frontier Foundation (EFF) por su contribución al avance de las comunicaciones. Ese mismo año, Hedy se convirtió en la primera mujer en recibir el Premio BULBIE Gnass Spirit of Achievement, considerado por muchos como los “Óscar de la invención”.
Su Austria natal también empezó a honrarla. En 1961 recibió la Medalla Viktor Kaplan de la Asociación Austriaca de Titulares de Patentes e Inventores. En 2006 se dio su nombre a una calle en Viena, Hedy-Lamarr-Weg, en el distrito de Meidling. En 2014, el Instituto de Óptica e Información Cuántica (IQOQI) bautizó con su nombre un telescopio cuántico instalado en el tejado de la Universidad de Viena.
Ese mismo año, Hedy Lamarr fue incorporada, a título póstumo, al National Inventors Hall of Fame por su trabajo en la tecnología de espectro ensanchado por salto de frecuencia, reconociendo oficialmente su papel como pionera de las comunicaciones inalámbricas. En 2015, Google le dedicó un doodle en el que se recordaba su doble faceta de actriz y de inventora, coincidiendo con el que habría sido su 101 cumpleaños.
En el ámbito astronómico, en 2019 un asteroide fue bautizado como (32730) Lamarr, un gesto simbólico que la sitúa, literalmente, entre las estrellas. La cultura popular también se ha acordado de ella en musicales y obras de teatro, así como en referencias en títulos como “La pequeña tienda de los horrores” o la obra “Frequency Hopping”. En los últimos años han aparecido documentales como “Bombshell: The Hedy Lamarr Story” (2017), dirigido por Alexandra Dean, que profundiza en su figura como inventora y en su papel en la Segunda Guerra Mundial, o el ya citado “Calling Hedy Lamarr”.
Numerosos libros han revisado su trayectoria, tanto desde el punto de vista cinematográfico como desde el científico: biografías como “Hedy Lamarr: the most beautiful woman in film” (Ruth Barton), “Beautiful: the life of Hedy Lamarr” (Stephen Michael Shearer), “Hedy’s Folly: the life and breakthrough inventions of Hedy Lamarr” (Richard Rhodes) o estudios como “The films of Hedy Lamarr” (Charles Young) han ido reconstruyendo, pieza a pieza, el puzle de su vida.
Hoy, Hedy Lamarr es recordada como una figura puente entre el glamour del viejo Hollywood y el mundo de la alta tecnología. Fue la primera actriz en simular un orgasmo en una película comercial, encarnó a Dalila en una de las superproducciones más populares de su tiempo, huyó de un marido fascista que la mantenía prisionera y, en paralelo, concibió una idea clave para las comunicaciones seguras. Que Austria celebre el Día del Inventor el 9 de noviembre en su honor no es una simple anécdota: es la prueba de que, aunque el reconocimiento llegó tarde, su legado ha quedado grabado en la historia tanto del cine como de la ciencia y la ingeniería.