Sadfishing en redes sociales: qué es, por qué ocurre y qué riesgos tiene

Última actualización: diciembre 24, 2025
  • El sadfishing describe la exhibición reiterada del sufrimiento emocional en redes para conseguir atención, apoyo o validación social.
  • Este comportamiento se relaciona con baja autoestima, soledad, ansiedad, depresión y patrones de búsqueda de atención reforzados por los algoritmos.
  • Aunque puede aliviar a corto plazo, aumenta la dependencia del feedback externo y expone a críticas, ciberacoso y otros riesgos, sobre todo en adolescentes.
  • Fomentar una alfabetización emocional digital y formas de apoyo más seguras ayuda a diferenciar entre expresión saludable y uso problemático de las redes.

sadfishing en redes sociales

Una joven se graba llorando con la cámara frontal del móvil, sube el vídeo a TikTok y apenas explica qué le pasa. En Instagram, alguien publica un texto larguísimo sobre una ruptura sentimental. Un influencer abre un directo para hablar de su última crisis de salud mental. Detrás de todas estas escenas late una misma dinámica: mostrar el malestar emocional en público para obtener apoyo, atención o validación.

A este fenómeno se le ha puesto nombre hace relativamente poco: sadfishing. No hablamos de desahogarse de vez en cuando en redes, algo comprensible y humano, sino de una forma de exposición emocional reiterada, muy visible y muchas veces orientada a maximizar la reacción del público. Vamos a desgranar qué hay detrás de este término, de dónde viene, qué riesgos implica y por qué se ha convertido en uno de los temas más comentados cuando se analiza la relación entre redes sociales y salud mental.

Qué es exactamente el sadfishing

El término sadfishing lo popularizó la escritora británica Rebecca Reid en 2019, cuando analizó varios casos de celebridades que compartían contenidos muy emocionales en redes. En su artículo describía el sadfishing como la acción de publicar problemas emocionales o vivencias dolorosas en internet con la intención de despertar compasión, atención o apoyo masivo por parte de la audiencia.

El juego de palabras viene de catfishing (crear perfiles falsos para engañar a otros) cambiando “cat” por “sad” (triste). La idea no es que la persona esté inventando su sufrimiento, sino que utiliza la tristeza como un “cebo emocional” para atraer miradas, comentarios, likes y mensajes privados de consuelo.

No todo lo que suena triste en redes es sadfishing. Expresar emociones en internet puede ser sano y hasta terapéutico. Lo que caracteriza esta práctica es la forma: dramatización del relato, ambigüedad calculada, publicaciones repetidas y una clara expectativa de respuesta. El foco no está tanto en lo que se siente, sino en cómo se comunica y con qué objetivo.

La psicóloga Patricia Arenas, especialista en trauma y apego, define el sadfishing como la exhibición reiterada y amplificada del sufrimiento emocional en redes sociales para lograr atención, compasión o validación social. La diferencia con un desahogo “normal” está en la intencionalidad, el tono y la dependencia del feedback.

publicaciones emocionales en redes

Cuando el dolor se convierte en contenido

Con el auge de Instagram, TikTok y otras plataformas, la línea entre vida privada y escaparate público se ha difuminado. Lo que antes se contaba en un grupo reducido ahora se comparte ante cientos o miles de personas. Para muchos creadores de contenido, la propia biografía se ha convertido en materia prima para generar publicaciones: rupturas, duelos, crisis emocionales, diagnósticos de salud mental… todo entra en la narrativa.

En este contexto, el sadfishing encaja como una estrategia más. Algunos usuarios, sobre todo influencers y figuras públicas, integran sus momentos de lágrima, ansiedad o desborde emocional en su “historia” digital. El sufrimiento se vuelve un recurso narrativo que genera engagement: suben las visualizaciones, se multiplican los comentarios de ánimo y la cuenta gana relevancia.

Un caso paradigmático fue el de Kendall Jenner. La modelo compartió en Instagram comentarios muy personales sobre el acné que padeció en la adolescencia, cómo le afectó a su autoestima y lo mal que lo pasó con las miradas de los demás. Poco después se supo que aquella confesión formaba parte de una campaña pagada para promocionar un producto contra el acné, lo que hizo saltar las alarmas: muchos usuarios interpretaron que se había usado la vulnerabilidad como anzuelo comercial.

La polémica no se quedó ahí. A raíz de aquel episodio empezaron a revisarse otras publicaciones similares: vídeos llorando, textos dramáticos sin apenas contexto, anuncios camuflados de confesión íntima… Todo ello alimentó el debate sobre hasta qué punto ciertas expresiones emotivas en redes son auténticas o forman parte de una estrategia para ganar visibilidad o vender algo.

En cualquier caso, incluso cuando no hay un interés económico claro, el propio funcionamiento de las plataformas refuerza este tipo de dinámica: cuanto más intenso y emocional es el contenido, más reacciones suele provocar y más lo amplifican los algoritmos.

Te puede interesar:  ¿Cómo guardar videos de TikTok sin publicarlo?

Sadfishing, validación social y necesidad de ser visto

Desde la psicología, el sadfishing puede entenderse como una forma de búsqueda de validación social y afectiva. En un entorno donde la autoestima se alimenta en gran parte de los “me gusta”, los comentarios y las visualizaciones, mostrar la propia vulnerabilidad se convierte en una vía rápida para sentirse visto, querido y acompañado.

Para algunas personas, este comportamiento se relaciona con la necesidad de “sostén emocional” o “apoyo contenedor”: que el entorno (aunque sea digital) recoja su malestar sin juzgarlo y lo legitime. La pertenencia ya no se construye solo compartiendo intereses, sino también compartiendo heridas. Cuando otros responden con empatía, la sensación de conexión se dispara.

Varios trabajos apuntan a que el uso emocional de redes se vincula con la regulación de estados internos y con estilos de apego más inseguros o ansiosos. Quien teme no ser querido, o ser abandonado, puede recurrir a la exposición del propio sufrimiento para comprobar si los demás siguen ahí. La respuesta del público se convierte en una especie de termómetro afectivo.

Un estudio de 2023 sobre adolescentes, “Adolescent sadfishing on social media: anxiety, depression, attention seeking, and lack of perceived social support as potential contributors”, encontró que el sadfishing se asocia con niveles elevados de ansiedad, síntomas depresivos, búsqueda de atención y baja percepción de apoyo social. Es decir, muchos jóvenes que recurren a este tipo de publicaciones no lo hacen solo “por postureo”, sino desde un malestar real y una necesidad de apoyo que no encuentran en su entorno cercano.

También influyen factores culturales: toda una generación ha crecido narrando su vida en internet. Para ellos, contar cómo se sienten, incluso cuando se trata de emociones muy privadas, es una prolongación natural de su presencia online. Lo íntimo deja de serlo del todo y adquiere un componente performativo: se llora, pero también se graba el llanto.

Sadfishing, autoestima y trastornos de la personalidad

Las motivaciones detrás del sadfishing son variadas. En algunos casos aparecen rasgos de personalidad como el narcisismo, donde existe un fuerte deseo de ser el centro de atención. Personas con este perfil pueden exagerar su malestar o publicarlo de manera especialmente dramática para asegurarse un flujo constante de miradas y reconocimiento.

En el extremo opuesto, también puede haber una autoestima muy baja que lleva a buscar desesperadamente la confirmación externa de que uno importa. Para alguien que se siente solo o poco valioso, recibir un aluvión de mensajes cariñosos en redes puede funcionar como una inyección emocional inmediata, aunque el efecto dure poco.

Algunos estudios han relacionado la atención constante en redes con patrones de personalidad específicos, como el trastorno histriónico, caracterizado por una búsqueda excesiva de aprobación y una tendencia a dramatizar las emociones. La literatura científica reciente señala que las personas con conductas de búsqueda de atención, que recurren a la negación como estrategia de afrontamiento o usan redes bajo los efectos del alcohol u otras sustancias, podrían tener más probabilidad de admitir prácticas de sadfishing.

También se ha señalado la relación con el Trastorno Límite de la Personalidad (TLP). Uno de los rasgos más característicos del TLP es la enorme inestabilidad emocional y la dificultad para regular los estados de ánimo. En momentos de crisis, internet se convierte en una vía rápida para volcar el desborde: publicaciones impulsivas, vídeos llorando, mensajes desesperados que buscan, en el fondo, disminuir la angustia y sentir compañía.

A todo ello se suman otros ingredientes frecuentes en el TLP: miedo intenso al abandono, sensación crónica de vacío, problemas de identidad… En ese caldo de cultivo, las redes funcionan como un escaparate perfecto donde intentar llenar el hueco con contactos, reacciones y validación inmediata. El problema es que este alivio a corto plazo puede reforzar el patrón y dificultar la búsqueda de ayuda profesional más profunda.

sadfishing y salud mental

Beneficios aparentes y riesgos ocultos

Desde fuera puede parecer que el sadfishing es solo “drama” o ganas de llamar la atención, pero para quien lo practica suele haber beneficios inmediatos. A corto plazo, compartir el dolor en redes puede producir una sensación de catarsis y alivio: la persona se desahoga, recibe apoyo y se siente menos sola.

Además, llegan los llamados beneficios secundarios. Los mensajes de ánimo, los likes, las menciones y los gestos de cuidado actúan como un potente refuerzo. Si cada vez que alguien publica su sufrimiento obtiene una oleada de atención positiva, es fácil que este comportamiento se repita y se convierta en la forma habitual de gestionar los bajones emocionales.

Te puede interesar:  ¿Cómo hago para formar parte del grupo de los afiliados en Twitch?

Sin embargo, a medio y largo plazo el sadfishing puede convertirse en un arma de doble filo. Por un lado, puede erosionar la autoestima: si mi valor depende de cuánto se volque la gente conmigo cuando cuento que estoy mal, me vuelvo cada vez más dependiente de ese circuito de recompensa digital y menos capaz de sostenerme por mí mismo.

Por otro lado, internet no es un entorno especialmente compasivo. No todo el mundo responde con empatía. Una exposición emocional intensa puede convertir a la persona en objetivo de ciberacosadores o depredadores sexuales, que detectan rápidamente a usuarios vulnerables y tratan de establecer contacto con ellos en privado. Lo que quien publica esperaba que fuera un abrazo colectivo puede transformarse en una ola de mensajes hirientes.

Este riesgo es especialmente grave en el caso de menores y adolescentes. Las publicaciones que transmiten soledad, tristeza o necesidad de cariño pueden llamar la atención de ciberacosadores o depredadores sexuales, que detectan rápidamente a usuarios vulnerables y tratan de establecer contacto con ellos en privado. La combinación de exposición emocional y falta de supervisión adulta abre la puerta a situaciones muy peligrosas.

Dependencia del feedback y bucle adictivo

Las redes sociales funcionan con un sistema de refuerzo que la neurociencia ha comparado muchas veces con el de otras conductas adictivas. Los “me gusta”, las notificaciones y los comentarios actúan como recompensas intermitentes: no siempre llegan, no siempre son igual de intensos, y precisamente esa imprevisibilidad engancha.

En el caso del sadfishing, este mecanismo se vuelve todavía más potente. Publicar un contenido muy emocional suele generar una respuesta alta: un aluvión de reacciones que, a nivel cerebral, activa los circuitos de recompensa. Es fácil que la persona asocie la idea “si cuento que estoy fatal, me siento mejor porque recibo atención”, reforzando así la conducta.

El problema es que, con el tiempo, aparece la tolerancia: lo que antes generaba muchos comentarios deja de tener tanto impacto. Para volver a sentir el mismo nivel de respuesta, la persona puede verse tentada a publicar contenidos cada vez más intensos, más dramáticos o más frecuentes. Se entra entonces en un bucle donde la regulación emocional depende casi por completo de lo que ocurra en la pantalla.

Esta dependencia del feedback externo puede dificultar el desarrollo de herramientas internas de gestión emocional. En vez de aprender a pedir ayuda de forma directa a personas cercanas o a trabajar el malestar en terapia, se recurre una y otra vez a la exposición ante desconocidos. Lo que parecía un desahogo puntual se convierte en el mecanismo principal para afrontar el dolor.

Además, la exposición repetida de crisis personales puede terminar trivializando problemas serios de salud mental. Cuando todo se convierte en contenido, existe el riesgo de que el sufrimiento se reduzca a una estética de la tristeza, una marca personal o un recurso para sostener la atención de la audiencia.

Autenticidad, sospecha y el riesgo de juzgar de más

Una de las polémicas más frecuentes alrededor del sadfishing es la dificultad para discernir si una publicación triste es un pedido genuino de ayuda o una estrategia para llamar la atención. Desde fuera, muchas veces no se puede saber. Aun así, en redes se ha vuelto casi automático etiquetar de “sadfisher” a cualquiera que se expone emocionalmente.

Casos como el de Justin Bieber son un buen ejemplo. Cuando el cantante compartió que padecía la enfermedad de Lyme y habló de su malestar psicológico, una parte del público reaccionó con comprensión, pero otra le acusó de exagerar, victimizarse y usar su estado de salud para generar impacto mediático. Algo similar ocurrió con artistas como Sam Smith, criticado por grabarse llorando durante la cuarentena.

Esta tendencia a sospechar de todo lo que suene triste en redes tiene sus propios peligros. Si una persona está pidiendo ayuda de verdad y la respuesta es un aluvión de comentarios del tipo “solo quieres llamar la atención”, el impacto sobre su salud mental puede ser enorme. Vergüenza, culpa, caída de la autoestima y miedo a volver a pedir apoyo son reacciones frecuentes en quienes son acusados injustamente de sadfishing.

Por otra parte, quienes deliberadamente exageran o inventan problemas graves (enfermedades, intentos de suicidio, tragedias familiares) para generar impacto corren el riesgo de dañar también a los demás. Publicar contenidos altamente emocionales, sobre todo relacionados con enfermedades serias o crisis intensas, puede provocar en quienes leen ansiedad, estrés emocional o incluso disparar recuerdos traumáticos.

Te puede interesar:  Cómo ver en Instagram el historial de vídeos vistos

La clave, como apuntan varios expertos, pasa por un equilibrio delicado: no deslegitimar de entrada a quien comparte su dolor, pero tampoco perder de vista que las redes no son siempre el lugar más adecuado para gestionar ciertos problemas, ni el único espacio de apoyo disponible.

Sadfishing en adolescentes y cultura hiperconectada

Niños y adolescentes son especialmente vulnerables a esta dinámica. En muchos países, casi el 80% de los menores de 10 y 11 años ya tiene perfil en alguna red social, y una parte importante pasa horas conectada cada día. Plataformas como TikTok o Instagram se han convertido en escenarios donde se muestran regalos, relaciones de pareja, enfados familiares o crisis personales con una naturalidad pasmosa.

En este contexto, es fácil que las redes se vivan como la principal vía de desahogo. “Me ha pasado esto, necesito hablarlo con vosotros, dejad vuestra opinión en comentarios” se ha vuelto un formato habitual. Todo se convierte en contenido: desde la discusión con los padres hasta un duelo reciente. Y la audiencia, formada también por menores en muchos casos, responde con esa mezcla de empatía, morbo y rapidez que caracteriza al entorno digital.

El problema es que gran parte de estos usuarios carece todavía de recursos emocionales y criterio crítico suficiente para manejar la exposición de su intimidad. No miden las consecuencias a futuro de dejar rastro permanente de determinadas crisis, ni son plenamente conscientes de los riesgos de volcar su vulnerabilidad en un espacio público abierto a cualquiera.

Por eso cada vez se habla más de la necesidad de trabajar una “”: enseñar a los más jóvenes a distinguir entre una expresión sana de lo que sienten y un uso excesivo de las redes para regular su estado de ánimo. También a identificar cuándo una publicación es una verdadera petición de ayuda que requiere intervención adulta, y cuándo forma parte de una búsqueda de validación que puede redirigirse hacia otros canales más seguros.

En paralelo, algunos gobiernos se han planteado limitar o incluso prohibir el acceso a ciertas redes por debajo de determinadas edades, precisamente por la combinación de exposición, búsqueda de atención y falta de madurez emocional que se observa en muchos casos de sadfishing adolescente.

Cómo relacionarnos de forma más sana con el sadfishing

No hay una receta mágica para gestionar este fenómeno, pero sí algunas preguntas que conviene hacerse antes de publicar contenidos muy personales. Una de ellas es: “¿Qué estoy buscando realmente al compartir esto?”. Si la respuesta es “que alguien me ayude de verdad”, quizá tenga más sentido escribirle a una persona de confianza, pedir una cita con un profesional o acudir a servicios de apoyo, en vez de lanzarlo a una audiencia imprevisible.

Otra cuestión importante: “¿Qué lectura puede hacer cualquiera que vea este contenido dentro de unas semanas o unos meses?”. Publicar en caliente, en pleno desborde, puede tener consecuencias difíciles de revertir: capturas de pantalla que circulan, burlas, malentendidos, pérdida de privacidad. A veces, esperar unas horas, hablar con alguien cercano y decidir en frío qué compartir y qué no ya marca una gran diferencia.

Para quienes observan este tipo de publicaciones, también hay margen de actuación responsable. Antes de tachar a alguien de manipulador o de sadfisher profesional, es útil recordar que detrás de esa pantalla puede haber alguien atravesando un momento realmente duro. Un mensaje privado respetuoso, una invitación a buscar ayuda o, sencillamente, evitar sumarse a linchamientos y burlas, puede tener más impacto del que pensamos.

Finalmente, a nivel colectivo, conviene revisar qué tipo de contenidos premiamos. Si solo otorgamos atención masiva a las confesiones más extremas, más lacrimógenas o más escandalosas, sin querer estamos reforzando un modelo en el que la vulnerabilidad se explota como moneda de cambio. Normalizar formas de expresión emocional más honestas, menos espectaculares y más cuidadas es parte del reto de vivir en una cultura tan hiperconectada como la actual.

El sadfishing es una etiqueta reciente para algo que existía mucho antes de las redes: la necesidad humana de ser visto, escuchado y comprendido cuando se sufre. Lo que ha cambiado es el escenario y el volumen del altavoz. Entender este fenómeno con matices, sin demonizar ni idealizar, puede ayudarnos a acompañar mejor a quienes lo practican y a revisar nuestras propias formas de mostrar (o de esconder) lo que sentimos ante los demás.

inteligencia artificial y salud mental adolescente
Artículo relacionado:
Inteligencia artificial y salud mental adolescente: guía completa de riesgos, usos y buenas prácticas